La ruta ciclista recorre el valle surcado por el río Alfambra, entre las localidades de Villalba Baja y Alfambra. Éste nace en la Sierra de Gúdar y que tras un largo periplo desemboca cerca de Teruel, en el río Guadalaviar. En su primer tramo recorre el antiguo trazado del ferrocarril fallido entre Alcañiz y Teruel, de paisaje más seco. Mientras el segundo tramo utiliza el Sendero Fluvial del Alfambra, donde predomina el verde de la ribera.

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El antiguo ferrocarril diseñado para unir las localidades de Alcañiz y Teruel se comenzó a construir en 1927. Dos parones en las obras hicieron dilatar su construcción hasta el año 1935. Por aquel entonces ya estaban terminando prácticamente su trazado, incluyendo túneles y puentes, así como las estaciones. Sin embargo el inicio de la guerra civil, los problemas económicos y la falta de apoyo político impidieron que se terminase la obra no llegando a circular ningún tren.

La ruta ciclista está compuesta de dos partes diferenciadas. La primera de ellas discurre por el trazado de ferrocarril, a través de una pista de tierra en buen estado, pero sin acondicionar como vía verde. En la segunda parte se circula por el Sendero Fluvial del Alfambra a través de una pista de tierra que atraviesa el río en numerosas ocasiones, lo cual puede impedir la realización de la ruta en caso de que el río lleve mucho caudal. En el tramo final se discurre por el asfalto de una carretera abandonada y finalmente por la carretera nacional hasta alcanzar la localidad de Alfambra.

LONGITUD DESNIVEL PENDIENTE FIRME DIFICULTAD
36 km (ida y vuelta) 100 m 0,2% mixto media

El punto de partida es la localidad de Villalba Baja, situada a unos nueve kilómetros de Teruel capital. Desde la autovía mudéjar se puede acceder directamente a la carretera nacional con dirección a Alcañiz. Poco antes de llegar al enclave, a mano izquierda aparece la antigua estación del ferrocarril en la cual figura el nombre del pueblo al cual daría servicio. Junto a ella puede dejarse el vehículo aparcado.

A los pies del edificio se intuye el antiguo trazado ferroviario que nunca se empleó. Una pista ocupa su espacio, permitiendo la circulación de vehículos y por donde discurre la ruta ciclista. En menos de un kilómetro y en línea recta se atraviesan dos túneles de corta longitud para lo cual no es necesario iluminación suplementaria. En este tramo se circula por la parte trasera del casco urbano. Entre los túneles se pasa junto a una ladera en la cual fueron excavadas numerosas bodegas, ahora fuera de uso, que forman una curiosa estampa. En esta primera parte se avanza por la zona más seca del recorrido, en un plano ligeramente elevado sobre la carretera nacional y sobre la vega del río. Un paisaje estepario en el cual apenas hay vegetación. En el kilómetro 3,2 la pista salva sin dificultad un pequeño barranco de desagüe construido para proteger la carretera. Poco más adelante se atraviesa otro túnel no demasiado largo. De nuevo el trazado rectilíneo y elevado ofrece amplias vistas.

Un nuevo túnel marca el final de la primera parte de la ruta, en el kilómetro 4,3. Al salir, debe abandonarse el trazado ferroviario y tomar una pista a mano derecha que conduce a la carretera. Es necesario cruzar tomando las precauciones, y justo enfrente parte el acceso asfaltado en dirección a la localidad de Cuevas Labradas. En menos de medio kilómetro, justo antes de cruzar el río, parte a mano izquierda una pista por donde discurre el Sendero Fluvial del Alfambra. La segunda parte recorre la ribera del río, donde predominan las choperas que acompañan al suave discurrir de las aguas. A partir de este punto se suceden los cruces del río, que no suponen dificultades si el cauce es reducido, como suele ser lo habitual. El primero de ellos está dotado de un vado de hormigón lo cual facilita el cruce. En el kilómetro 5,5 aparece un pequeño merendero dotado de mesas para un pequeño descanso. Desde este punto se divisa el casco urbano de Cuevas Labradas.

Siguiendo por la pista principal, sobre el kilómetro 6, se cruza casi de manera consecutiva dos veces el río, volviendo a la margen izquierda. En quinientos metros de nuevo de vadea el cauce. A partir de este punto se circula por una pista en buen estado, como en el resto del sendero fluvial. El trazado es prácticamente horizontal. Se acompaña de la vegetación ribereña compuesta por altivos chopos, junto al paisaje formado por los campos de cultivo de la vega. Un cómodo y agradable recorrido por el valle del Alfambra.

En el kilómetro 8,3 se atraviesa por quinta vez el río, terminando así la aventura ciclista de cruzar el cauce. Otra vez en la margen izquierda la ruta avanza de camino a la siguiente localidad, la cual se avista entre las copas de los árboles. Un puente de hormigón permite cruzar por última vez el cauce, ésta vez sin dificultades.

Atravesando las huertas de la localidad de Peralejos, la ruta ciclista se introduce en pleno casco urbano cuando se alcanza el kilómetro 10 de ruta. En una intersección se toma una calle a la derecha la cual recorre la parte baja de la localidad. Al final del pueblo, debe tomarse una nueva calle a la derecha que desciende hacia la vega. La pista continua su trazado de manera cómoda a escasa distancia del río Alfambra. Llega un momento en que se aleja del cauce y toma dirección a la carretera nacional, sobre el kilómetro 12,5. Durante unos metros se circula por el arcén, y tras atravesar un pequeño barranco se abandona la carretera por la derecha. A partir de este momento se utiliza el antiguo trazado de la carretera, ahora en desuso. Su amplitud, el pavimento y la falta de circulación permiten rodar con tranquilidad, mientras se disfruta de las amplias vistas que proporciona el paisaje formado por los campos de cultivo.

Cuando se alcanzan los 15 kilómetros de recorrido el ramal de carretera desemboca en la actual carretera. Sin opción de continuar por la ribera con bicicleta no queda más remedio que circular por la carretera con precaución. Con este último tramo de poco más de dos kilómetros se alcanza la población de Alfambra. Para evitar la carretera se debe tomar el primer desvío al casco urbano que indica dirección a Santa Eulalia del Campo. En apenas unos metros se toma la primera calle a la derecha. En este punto están ubicadas las piscinas municipales y un área de descanso con unos merenderos, un buen lugar para hacer un alto y recobrar fuerzas. Por la amplia calle se recorre la parte baja del pueblo, hasta alcanzar una intersección donde se encuentra el monumento al labrador y el edificio del ayuntamiento. Hasta este punto se habrán recorrido unos 18 kilómetros, constituyendo la mitad del recorrido. Sólo restará emprender la vuelta por el mismo itinerario para completar la ruta ciclista.

Para la tarde se propone un paseo por la ciudad del Teruel. La ciudad de los Amantes tiene innumerables atractivos, imposibles de abarcar en una tarde. Recorrer la zona céntrica es lo más recomendable. La plaza del Torico, el entorno de la catedral, pasear por el Óvalo sin dejar de admirar sus torres mudéjares proporcionará al ciclista un complemento a la excursión matinal por el valle del río Alfambra.

En el centro de las Cuencas Mineras se encuentra Montalbán, la capital histórica de la comarca. Su casco urbano atesora una de las joyas del mudéjar aragonés, la iglesia de Santiago. Unidas por el cauce del río Martín aparece la población de Peñarroyas. Se cambia el ladrillo mudéjar por la piedra de rodeno. La pintoresca localidad ofrece rincones teñidos por el color rojo, que se extiende al paisaje que rodea este bello enclave turolense.

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La comarca de las Cuencas Mineras cuenta con buenas comunicaciones. De Zaragoza se puede acceder por la carretera que pasa por Belchite y Muniesa. Y desde Teruel hay conexión directa por carretera nacional. A la entrada de la población de Montalbán  aparece indicado el itinerario que atraviesa el casco urbano alcanzando la parte trasera por donde discurre el barranco del Infierno. Desde este punto parte una carretera que en cinco kilómetros deja en Peñarroyas. Se trata de un pequeño pueblo que se asienta junto al río Martín. Las piedras royas son también conocidas con el nombre de piedra de rodeno, una roca de arenisca roja producto de la lenta sedimentación de las arcillas.

Justo antes de alcanzar la localidad hay un aparcamiento donde dejar el vehículo. Debido a lo estrecho de sus calles, el casco urbano es prácticamente peatonal. Una calle sinuosa articula la población pasando por un espacio central con un mirador hacia la vega. Un paseo tranquilo por todas las calles y callejas permite descubrir un pintoresco núcleo dominado por el color rojo de sus construcciones. Más adelante surge otra replazoleta donde está la iglesia de Santa María la Mayor. En su fachada cuenta con el acceso y una torre de dos cuerpos, el primero cuadrado y el segundo ochavado, que se culmina con sencillo chapitel. Adosado se encuentra el edificio del ayuntamiento. Se alza en dos plantas, siendo la inferior una lonja de dos arcos de medio punto que se apoyan en una columna central, ahora cegados.

Atravesando la población se sale por un camino que constituye el inicio de la Ruta de las Peñas Royas. Se pasa junto a parideras y eras desligadas del casco urbano, todas ellas teñidas por el color rojo de la piedra de rodeno. También junto a un robusto peirón. Se asciende ligeramente acercándose a una pared vertical. En este punto se inicia un pequeño recorrido geológico señalizado que complementa la ruta.

El recorrido alcanza el paso del Portillo, tras haber invertido un cuarto de hora de camino desde el pueblo. A escasos metros de este punto elevado aparece un mirador. Desde allí se avista todo el valle en dirección al pueblo con amplias vistas, y también el barranco por donde discurre el río Martín a los pies. La vegetación formada por los pinos y carrascas contrasta con el color rojizo de las rocas dando lugar a un paisaje peculiar.

La senda desciende y en unos minutos parte el desvío a la derecha que conduce a unas icnitas. Este itinerario es el utilizado para realizar el recorrido circular que vuelve a Peñarroyas atravesando el fondo del barranco. Tras ver las huellas fósiles el camino desciende hasta alcanzar el río, internándose en el barranco, repleto de vegetación. Una vez en contacto con el río es necesario atravesarlo en varias ocasiones, y no se dispone de pasos habilitados. Por ello la vuelta por el río sólo es posible en la época estival, siendo necesario volver por el mismo itinerario el resto del año. Si se avanza por el desfiladero, en su tramo final están los pozos de Boyetes, una zona donde el río atraviesa una zona con bloques de grandes piedras. Al salir del barranco el valle se abre y atravesando la zona de antiguas huertas se alcanza de nuevo la población.

Para la tarde se propone visitar la población de Montalbán. Debido a su importancia comercial ha sido durante siglos la capital comarcal. En la actualidad comparte con Utrillas la capitalidad de la comarca de las Cuencas Mineras. El punto de inicio de la visita es el Torréon de la Cárcel, al cual se accede de manera directa desde la mitad de la travesía de la carretera nacional. A extramuros cuenta con un balcón cerrado con celosías de madera. En su parte baja se abre el Portal de Daroca, que data del siglo XIV. Se trata de uno de los cuatro portales que aún se conservan de su antiguo recinto amurallado.

Una vez atravesado surge la calle Mayor, arteria principal de la villa. Se recorre su trazado rectilíneo y poco antes de alcanzar la plaza mayor debe tomarse una estrecha calle a mano izquierda sirve de acceso a la Era de la Cruz. El ascenso a través de varios quiebros deja en menos de diez minutos a los pies del mirador donde se emplaza la cruz sobre unas rocas. Las vistas del casco urbano, con la iglesia justo enfrente, y los restos del castillo como telón de fondo convierten a este lugar en un mirador muy recomendable.

Otra calle desciende de manera sinuosa al epicentro de la localidad, la plaza mayor también conocida como plaza Carlos Castel. Allí se alza el edificio del ayuntamiento, de estilo clásico. Sobreelevada en un costado se emplaza la iglesia de Santiago, uno de los ejemplos mudéjares más importantes de Aragón. Fue construida entre los siglos XIII y XIV, iniciada en sillería y culminada en estilo mudéjar a base de ladrillo. Consta de una nave de gran anchura que se culmina con cabecera de heptagonal. En todo el perímetro exterior destacan los contrafuertes. Éstos son de planta rectangular en la nave y poligonales en la cabecera. Están decorados con paños de rombos y simulando cruces mediante cerámica vidriada. Cuenta con dos portadas de seis arquivoltas de arco apuntado. La torre tiene adosada una torre secundaria, por cuyo interior discurre la escalera de caracol. Ambas torres tienen un primer cuerpo de planta cuadrada, pasando a octogonales en el segundo cuerpo. Junto a la puerta trasera se puede acceder a un pequeño mirador desde donde se puede apreciar mejor la labor mudéjar de los lienzos de la iglesia, así como vistas más amplias de todo el conjunto enclavado en medio del casco urbano.

Se puede complementar la visita a la localidad con la visita al Centro de Interpretación de la Geología y Espeleología, situado en un rincón de la misma plaza. En su interior informa sobre la historia geológica del Parque Cultural del Río Martín, con apartados referentes a espeleología, y cavidades subterráneas.

El Valle de la Garcipollera fue denominado Valles Cepolaria, o valle de las cebollas. El río Ijuez lo recorre hasta desembocar en el río Aragón. Quedó despoblado a partir del año 1956 en que Patrimonio Forestal del Estado adquirió las propiedades, a excepción del casco urbano de Villanovilla. El objetivo fue repoblarlo para evitar el arrastre de sedimentos. El valle ahora tiene un aspecto mucho más verde, pero está prácticamente carente de vida humana.

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Esta ruta tiene como punto de partida la localidad pirenaica de Castiello de Jaca. Para acceder a este bello rincón de la geografía aragonesa es necesario tomar dirección a Jaca, la capital de los Pirineos. Al norte parte la carretera que recorre el valle del río Aragón. En poco más de cinco kilómetros se alcanzan las primeras casas, situadas junto a la travesía. Allí mismo aparece el indicador de La Garcipollera, a mano derecha. En el arranque de la carretera, un aparcamiento permite dejar estacionado el vehículo.

LONGITUD DESNIVEL PENDIENTE FIRME DIFICULTAD
25 km  350 m variable regular media

A partir de este punto se rueda con la bicicleta por la carretera local que recorre el valle de la Garcipollera. El primer tramo discurre por una zona con escaso desnivel y con el firme asfaltado por el que se rueda con facilidad. Los pinares cubren el paisaje del fondo del valle. En cuatro kilómetros se alcanza una granja experimental de la DGA, que fue instalada junto a los restos de las viviendas de Bescós de Garcipollera. Un alto en el camino nos permite contemplar lo poco que resta de las antiguas edificaciones entre cercados y que demuestran la belleza trastocada del antiguo pueblo. Un poco más arriba hay otro grupo de casas originarias y los escasos restos de la iglesia en el punto más alto. En las cercanías se sitúan varias viviendas nuevas construidas para albergar los trabajadores de las instalaciones agropecuarias.

De nuevo en la carretera se avanza por el valle y entre la vegetación de ribera se avista el amplio cauce del río Ijuez. En menos de dos kilómetros desde el anterior emplazamiento, el asfalto se desvía a la derecha en dirección a Villanovilla, en la otra margen del río. Para acceder al mismo se atraviesa el río por un puente y mediante una corta y pronunciada cuesta se llega al pueblo. Se trata del enclave en mejor estado de toda la Garcipollera. Fue el único en el que los vecinos no llegaron a vender sus viviendas. Tras la pérdida de la población ha vuelto la vida y las viviendas han sido restauradas según la tipología pirenaica. Su casco urbano tiene una traza irregular y una de sus calles conduce a la iglesia, situada en un extremo y elevada ligeramente sobre el resto. La iglesia tuvo su origen románico, aunque en la actualidad se encuentre en regular estado.

Para continuar recorriendo el valle es necesario volver al cruce anterior, donde se toma la pista principal. En dos kilómetros se atraviesan los restos de una antigua chopera. A escasos metros, a mano izquierda yacen las piedras de otro de los pueblos del valle, Acín. Su estado ruinoso impide descubrir el trazado de sus calles. Ello se debió en parte a que varios de estos pueblos fueron bombardeados para prácticas militares. El único edificio en pie es la iglesia, una construcción románica terminada en el siglo XIII, y posteriormente ampliada. Se conservan los muros de la nave, así como la cabecera semicircular y la torre del siglo XVII.

La pista poco después cruza el río por una vaguada sobre una presa de contención, una de las muchas que regulan el río Ijuez en su corto trazado. A partir de este punto el firme de la pista empeora notablemente. En menos de dos kilómetros desde la anterior población parte una pista a mano derecha. Por ella se asciende ligeramente. Tras una curva, a un kilómetro y medio de la pista principal, parte un ramal a la derecha que en descenso pronunciado deja en el pueblo de Larrosa. Los muros de las casas se mantienen en pie a duras penas, pero los abancalamientos permiten recorrer el pueblo por sus antiguas calles llenas de abandono. En la parte alta permanece en pie la iglesia de San Bartolomé. Cuenta con una gran nave de planta rectangular que carece de cubierta, con capillas laterales de factura barroca. Se culmina con un ábside semicircular románico en el que se abre una ventana, bajo banda de arquillos ciegos y friso de baquetones al estilo lombardo. La esbelta torre tiene planta cuadrada, y en la parte alta se abren vanos de medio punto.

Sólo resta volver a la pista principal y enfilar el tramo final que en un kilómetro conducirá al lugar con más encanto de todo el valle, la Ermita de la Virgen de Iguácel. Se trata del único resto de un antiguo monasterio. Su primera fase constructiva se debe al conde Galindo, a mediados de siglo XI. Unas décadas después su hijo Sancho Galíndez decidió reformarla. Con ello la construcción de una nave y cabecera semicircular fue embellecida. A las ventanas se añadieron pares de columnas con capiteles decorados. Y la cabecera se decoró con un arquería ciega de cinco arcos de medio punto. Finalmente se reformó completamente la portada situada a los pies, convirtiéndose en la principal. Forma un cuerpo adelantado a la fachada que se cubre con un tejaroz sobre modillones. Bajo el mismo aparece una inscripción con caracteres mozárabes. Al interior, tras la restauración, se ha recuperado la cubierta con techumbre de madera. El pavimento se conserva intacto, formado por pequeños cantos rodados que describen sencillos dibujos geométricos. En el ábside aparecen unas pinturas murales realizadas en el siglo XV, que constituyen en sí un retablo aprovechando los huecos entre la arquería ciega de la cabecera.

Tras la ruta ciclista matinal, y el reposo después de la comida, una opción para la tarde es dar un paseo por Jaca. Su oferta turística es muy variada, siendo uno de los lugares más visitados de los Pirineos. No debe faltar un paseo por el casco antiguo, pasando por la porticada plaza de la Catedral. Es obligada la visita al edificio de mayor importancia artística, que hunde sus orígenes en el siglo XI. También se puede visitar el Museo Diocesano, que guarda una de las mejores colecciones de pinturas murales románicas. Después pasear por la calle Mayor, ver la Torre del Reloj y la fachada plateresca de la Casa Consistorial.

Y finalmente la Ciudadela, con una vasta extensión verde que la enmarca. Esta fortaleza del siglo XVI, es la única en España que se conserva íntegra y libre de edificaciones añadidas. Su planta poligonal está rematada con baluartes en sus esquinas en forma punta de flecha. Un foso rodea todo el perímetro, y un puente permite entrar por el único acceso. En su interior cuenta con un Museo de Miniaturas Militares, una magnífica muestra con más de 32.000 figuras de soldados de plomo repartidos en numerosas escenas de diferentes épocas.

El Moncayo, denominado por los romanos Mons Caius, constituye frontera natural entre Castilla y Aragón. Su cota más elevada, a 2.316 metros, está en el cerro de San Miguel, cumbre a su vez del Sistema Ibérico. Sus sierras y laderas esconden historias que recogió Gustavo Adolfo Bécquer. Pero también un entorno natural de gran belleza protegido por un parque natural. Y pequeños pueblos con singularidades sorprendentes.

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Para acercarse al Somontano del Moncayo es necesario tomar la carretera nacional que conduce a Soria desde la ribera del Ebro. En las proximidades de Gallur parte la ruta que atravesando las poblaciones de Magallón y Borja alcanza Tarazona, la capital comarcal.

Para la mañana del sábado se propone una excursión que sintetiza a través de su recorrido la riqueza natural del parque natural que protege la vertiente aragonesa del Moncayo. La singularidad de este trayecto permite que en poca distancia se pueda atravesar los diferentes tipos de vegetación que albergan el Somontano del Moncayo. La caminata tiene una dificultad media, pero es asequible a buena parte de las personas que quieran disfrutar de este paraje natural de gran valor ecológico.

TIEMPO DESNIVEL DIFICULTAD
1h 30 min (ida)  575 m media

Desde Tarazona es necesario tomar dirección al lugar conocido como Agramonte, donde está el centro de interpretación, además de un restaurante y un área de merenderos. A poco menos de dos kilómetros en dirección al monasterio de Veruela, parte una pista señalizada y de acceso restringido al campamento juvenil de la DGA. Tras aparcar el vehículo en un costado de la carretera se toma andando el camino que conduce a las instalaciones. Al final de ellas, donde termina la pista, nace un sendero bien marcado. El tramo entre el campamento y el santuario viene a costar hora y media. Durante el trayecto se atraviesan diferentes pisos de vegetación entre los 1.100 y los 1.600 metros de altitud. En la parte baja se discurre por un pinar entremezclado con arbustos. Entonces se alcanza un alberge situado junto a la carretera que asciende al Santuario del Moncayo, la cual se cruzará en varias ocasiones. En el siguiente tramo domina el hayedo, ofreciendo uno de los rincones más espectaculares del recorrido, sobre todo durante el otoño. Un nuevo cruce en la carretera tiene lugar junto a la fuente del Sacristán, un buen lugar para hacer un alto en el camino.

A escasos metros pasa uno de los pequeños arroyos que discurren por las laderas del Moncayo. La vegetación va cambiando poco a poco y de nuevo el pinar sustituye al hayedo. Se pasa junto al pozo de hielo del Prado de Santa Lucía y más adelante las ruinas de la ermita de Santa Lucía. Un último cruce carretero introduce en el tramo más empinado, ya muy cerca del santuario. En él se alterna la vegetación con zonas cubiertas por rocas de gran tamaño.

El recorrido termina en una plaza alargada que preside el edificio principal el cual ofrece servicio de bar, restaurante y alojamiento en albergue. Frente a él, un excepcional mirador ofrece unas vistas magníficas del Somontano del Moncayo. En uno de los extremos, junto a una fuente, parte la senda que asciende a la cumbre del Moncayo.

Después del inevitable descanso para la tarde se propone la visita de una pequeña localidad que esconde uno de los rincones más sorprendentes de toda la comarca. A poco más de tres kilómetros de Tarazona se encuentra Grisel. El acceso parte en el arranque de la carretera en dirección a Borja. Un paseo por sus estrechas y quebradas calles recuerda el origen musulmán de la localidad. En el centro de la localidad se encuentra su castillo, elevado sobre las viviendas. Se construyó en piedra de sillar, con planta irregular y carece de torres sobresalientes. El acceso se realiza mediante una puerta apuntada. Muy cerca se encuentra la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, ante una plaza. Se trata de una obra mudéjar del siglo XVI levantada en ladrillo. En la parte trasera se alza un ejemplo de casilla de pico, casetas levantadas en el campo para uso agrícola construidas sin argamasa con materiales sobrantes de los campos. Cuentan con planta circular y una altura de unos tres metros. Se cubren mediante cúpula por aproximación de hiladas, como prolongación de los muros, con forma de punta.

Una de las singularidades naturales con que cuenta la localidad es el Pozo de los Aines. Al comienzo del pueblo se toma una calle a la derecha. Asciende hasta un peirón de grandes dimensiones y más adelante atraviesa una pequeña acequia. Poco más adelante surge un aparcamiento acondicionado. Desde este punto, en apenas cinco minutos, se llega a un campo de olivos. En medio del mismo aparece el gran agujero. En un costado un corto túnel dotado con escalones de piedra permiten bajar hasta un mirador subterráneo, desde el cual se puede contemplar en toda su magnitud la sima. La leyenda más conocida sobre su formación relata un suceso que aconteció en 1535. Entonces Grisel estaba habitado por moriscos, convertidos al cristianismo tras la reconquista. Un poderoso hacendado, Hammet-Ben-Larbi, renunciando a la fe cristiana trabajaba los días festivos. Así lo hizo el día de Santiago. Al poco de comenzar la faena en una era cercana al pueblo se escuchó un ruido ensordecedor acompañado de una gran nube de polvo. La tierra donde se encontraba se había desplomado formando una gran sima. Los vecinos que allí se congregaron gritaban aterrados que había sido castigo del Señor. El suceso tiene su explicación científica. Esta zona cuenta con abundantes riachuelos y manantiales llamados “aines”. Éstos originan oquedades bajo tierra que hacen que se desplome la superficie cuando son lo suficientemente grandes, dando lugar a estos hundimientos naturales. La sima tiene una profundidad de veintidós metros. La humedad hace que su interior cuente con abundante vegetación, con plantas que cubren las paredes, en contraste con el paisaje que rodea la formación.

El domingo se propone subir en primer lugar al Mirador de la Ciesma. Es recomendable la visita por la mañana ya que es el mejor momento para ver el Moncayo iluminado por los rayos solares. Se puede acceder desde Grisel, y también desde la carretera que une el acceso a Agramonte y Trasmoz. El monte carece prácticamente de vegetación. Generadores de energía eléctrica aprovechan la fuerza del viento en este lugar tan apropiado. En la parte más alta un par de mesas de interpretación en cada dirección ilustran las panorámicas. Desde este punto se disfruta de una de las mejoras vistas del Moncayo y de su somontano, ya que está situado a escasa distancia. En dirección contraria se contempla una amplia panorámica del valle del río.

A continuación se toma dirección la población de Los Fayos, situada a unos diez kilómetros. Este pueblo de estampa pintoresca está situado bajo los escarpes de conglomerado. Pero también junto al cauce del río Queiles, desnaturalizado ya que aparece encajado entre muros de hormigón a su paso por el casco urbano. Metros arriba de la localidad se juntan los dos arroyos que forman el río Queiles, y en el barranco del Val un gran muro de hormigón da lugar al embalse del Val.

 

Desde la travesía parte una calle que asciende hasta la plaza mayor de la localidad. En un lateral se levanta la casa consistorial y palacio de Villahermosa, con tres plantas y  galería de arcos. En la plaza está la iglesia de la Magdalena. Se construyó en el siglo XVI. La torre de planta cuadrada tiene decoración de ladrillo y un arco en cada lado. Tras la iglesia asciende una calle que se encamina a un frondoso barranco, por el cual se puede ascender a la parte alta de los farallones rocosos. Gracias a su acondicionamiento mediante escaleras de madera, es posible alcanzar la torre vigía del antiguo castillo. De ella sólo resta su parte baja. Desde este punto se disfrutan amplias panorámicas, con el valle formado por el río Queiles a los pies.

Volviendo por el mismo itinerario, poco antes de alcanzar la iglesia, en un callejón se encuentra el acceso a la Cueva del Caco. Para su visita es necesario solicitar las llaves en el bar de la localidad. Gracias a la instalación de unas pasarelas metálicas es posible ascender con facilidad a la cueva más conocida del lugar. Desde la oquedad más grande se puede acceder a una pequeña galería abierta, más elevada y con buenas vistas de la localidad y de la cueva. Cuenta la leyenda que el gigante Caco escondía aquí el ganado que iba robando. La encontró el gigante Hércules por los mugidos de un novillo. Entre ellos tuvo lugar una fuerte pelea, mientras surgían ríos y montañas, entre ellas el Moncayo.

Siguiendo el curso de una pequeña acequia que discurre por el casco urbano se pasa junto a otra de las oquedades del pueblo. Una gran pared de adobe cierra el habitáculo, a cuyo interior también se puede entrar. Un poco más adelante se puede visitar la ermita de San Benito. Una verja sobre la acequia cierra su acceso. Las llaves que poseen vecinos de la localidad permiten el acceso a la ermita, por un corto tramo empedrado y ascendente rodeado de vegetación. Se llega a una plazoleta donde se levanta la fachada en ladrillo y un arco de medio punto, que cierra la abertura en la roca. En su reducido interior luce la roca viva en la cabecera y parte de sus muros. El coro se encuentra en alto, en un lateral de la capilla y aprovechando una oquedad. Su historia se remonta a un monasterio fechado entre los siglos VI y XI. Habitado por eremitas, tras la construcción del monasterio de Veruela se convierte en ermita.

El valle de Aísa/bal de Aísa pertenece a la comarca de la Jacetania. Está encajado y casi oculto entre los valles de Hecho/val d´Echo y valle de Canfranc/bal de Canfrán. A los pies del Pico Aspe nace el río Estarrún, el cual lo recorre de norte a sur. En su suave discurrir alcanza la Canal de Berdún y desemboca en el río Aragón. Desde tiempos remotos ha estado formado por tres ayuntamientos, Esposa, Sinués y Aísa, ahora unificados en el de Aísa.

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La vía de aproximación a este pequeño valle pirenaico parte de Jaca. En el centro de la localidad y tras recorrer el paseo de la Constitución, parte la carretera de acceso. En primer lugar se cruza el río Aragón, y más tarde el río Lubierre hasta que se alcanza la ribera del río Estarrún. La ruta recorre el amplio valle de Aísa en paralelo al río. En su parte central están los núcleos de Sinués y Esposa, ligeramente alejados de la carretera. Y finalmente se alcanza el pueblo de Aísa, cabecera del valle y población más importante con un censo de unos 160 habitantes.


Se deja para la tarde la visita a este pintoresco pueblo. La carretera bordea el casco urbano por su parte alta. Un kilómetro y medio después parte el ramal que se adentra en la cabecera del valle. La pista asfaltada surca una depresión de suaves desniveles a lo largo de seis kilómetros. En la parte final la vegetación se vuelve más exuberante y la pendiente del trazado se acentúa. Se alcanza el aparcamiento de la Cleta, donde los vehículos deben aparcarse en ambas márgenes. Una valla impide la circulación rodada y marca el arranque de la ruta del Puerto de Aísa.

TIEMPO

DESNIVEL

DIFICULTAD

2 h 45 min (ida y vuelta)

350 m

media

En el primer tramo la pista asciende de manera empinada. A los diez minutos de caminata se abre el paisaje en el lugar donde confluyen los barrancos de Igüer y Rigüelo.

Sin dejar el trazado principal se discurre por una pista en mal estado que recorre el primero de los barrancos. El cauce va formando pequeñas cascadas de gran belleza, y las praderas se llenan de flores en el verano. Tras una hora de recorrido se alcanza el Circo de Igüer, el cual cierra con paredes verticales el barranco.

Un sendero a mano derecha asciende por una ladera herbosa hasta alcanzar el cruce con la GR-11. Siguiendo su trazado a la izquierda continua el ascenso junto a un pequeño barranco, que se cruza más arriba. Al otro lado bordea la ladera ofreciendo unas vistas magníficas del barranco recorrido. A la hora y media de caminata se alcanza una gran planicie la cual estuvo cubierta de una lámina de agua hace mucho tiempo, el Ibón de Izagra, ahora colmatado. Los orificios en el suelo marcan la salida del agua tras el deshielo, producto de la acción erosiva. Y a escasa distancia, en un cruce anterior, parte un ramal que lleva hasta el Dolmen de Izagra. Está compuesto por cuatro grandes bloques de arenisca, que data del siglo III a.C. siendo un lugar de enterramiento en la época neolítica. A pesar de su expolio fueron recuperados restos óseos humanos.

Sólo resta volver por la senda de gran recorrido, marcada con señales de color rojo y blanco. En su trazado recorre el barranco de Igüer a media altura ofreciendo preciosas vistas. Al alcanzar un cruce múltiple se opta por el descenso hasta el fondo del valle, para culminar la caminata. A mitad de camino un desvío señalizado permite acercarse hasta la Surgencia del Chorrotal, a diez minutos de distancia. El agua que mana de la ladera se precipita por un escurridero creando otro lugar de gran belleza en el paisaje. Tras casi tres horas de recorrido total se alcanza de nuevo el aparcamiento.

Se vuelve por la misma carretera reservando para la tarde visitar la población que otorga el nombre al valle, Aísa. Se alza a 1045 metros. Constituye ayuntamiento propio al que se agregan los núcleos de Esposa, Sinués y Candanchú. Aparece en la segunda mitad del siglo XI. Desde sus orígenes dependía del monasterio de Santa Cruz de la Serós. En 1212 Pedro II hace una importante donación a la villa: Candanchú, Tortiellas y Rioseta. A escasa distancia de la travesía se encuentra la iglesia de la Asunción. Un espacio verde, cercado por un muro, sirve de antesala al edificio. Éste fue erigido en el siglo XVIII. Al exterior su sencilla portada se cubre con un pórtico. La torre de planta cuadrada cuenta con dos arcos de medio punto de ladrillo por costado. Se culmina con chapitel piramidal.

Desde este lugar parte la calle principal, que articula el núcleo que se muestra compacto. Conserva en buen estado su arquitectura tradicional, en conjunción con las nuevas construcciones, las cuales respetan los cánones arquitectónicos. En la plaza más amplia, donde se encuentra el frontón, se alza el edificio del ayuntamiento. Se trata de una construcción reciente, con amplios balcones en su fachada, y que se corona con el escudo de la población. Un paseo por las calles y rincones ofrece bellas instantáneas de esta preciosa localidad pirenaica.

La Val de Jarque recorre la vertiente sur de la Sierra de San Just. El río de la Val surca este pequeño valle desembocando en el río Guadalope junto a la población de Aliaga. El entorno de esta población aglutina unas formaciones rocosas espectaculares que forman parte del primer parque geológico creado en España. Además cuenta con otros alicientes tan variados como su castillo medieval o la antigua central térmica.

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Para acceder a la comarca de las Cuencas Mineras, partiendo de Zaragoza, es necesario tomar la carretera regional que pasa por Belchite en dirección a Montalbán. Después continuar por la carretera nacional que se dirige a Teruel y finalmente adentrarse en la Val de Jarque hasta alcanzar la población de Aliaga. En este punto el río de la Val vierte sus aguas en el Guadalope. El topónimo Aliaga es de origen árabe y significa valle retorcido, como así lo atestigua el recorrido del río en torno a la población provocado por los plegamientos rocosos.


Justo antes de entrar en la población, a mano izquierda parte la calle Calvario. Asciende por ladera y recorre la parte alta del casco urbano. Desde ella sale una senda bien visible en dirección a la fortaleza, la cual protegió durante siglos a la población. De origen musulmán, tras la reconquista fue regentada por la Orden del Hospital. Más recientemente intervino en las guerras carlistas y en la guerra civil. El castillo se asienta en una gran peña de paredes verticales sobre la población y ocupa una superficie de más de cuatro mil metros cuadrados. Estaba compuesto por tres recintos escalonados. La muralla más exterior es la mejor conservada en la actualidad, formada por muros reforzados por cubos cilíndricos de unos tres metros de diámetro. En la parte más alta, donde antiguamente estuvo la torre del Homenaje, ahora se alza una cruz. Una escalera metálica adosada a la roca permite acceder cómodamente. Desde este lugar las vistas son magníficas. La estampa ofrece al completo el pueblo de Aliaga rodeado por el trazado de los ríos de la Val y Guadalope. A su alrededor montañas donde afloran las espectaculares formaciones rocosas.


Ya de nuevo en la carretera, ésta se introduce en el casco urbano, convirtiéndose en la calle principal. En la parte central aparece un tramo porticado en uno de sus laterales, mostrando el pasado medieval de la población. Bajo los soportales se accede a un patio cerrado donde se encuentra el actual edificio del ayuntamiento. Desde la calle principal parte otra calle también porticada en uno de sus costados. Ésta conduce a una gran plaza, antesala de la iglesia de San Juan Bautista. Se trata de una gran construcción barroca. Su portada está cobijada por un gran atrio abierto con un arco de medio punto, donde la fecha de 1636. La torre se alza en tres cuerpos, siendo el superior octogonal en piedra de sillar. Se culmina con chapitel apuntado. Desde este punto parte un camino que conduce al cercano río Guadalope, atravesado por un puente de piedra. Al otro lado se encuentra el santuario de la Virgen de la Zarza, obra terminada en 1728. Está rodeada de bellos jardines delimitados por un recinto amurallado. La fachada se culmina por perfil mixtilíneo y aparece flanqueada por dos torrecillas. Su interior sorprende por los esgrafiados que cubren bóvedas y columnas, y por los grandes lienzos que escoltan el altar donde yace entronizada la virgen titular.


Para la tarde se reserva un sencillo recorrido en torno a la población para conocer las singularidades del Parque Geológico de Aliaga. A la entrada del pueblo, junto a la gasolinera, se emplaza el Centro de Visitantes del Parque Geológico. Al inicio de la visita se proyecta un audiovisual que invita a descubrir los secretos de las rocas del entorno. El resto del espacio muestra la historia del parque a lo largo de su historia de formación mediante paneles, maquetas y recreaciones.


Hace 200 millones de años esta región estaba cubierta por las aguas de un mar de aguas cálidas, situación que se mantuvo durante la Era Secundaria. Con una retirada de las aguas se fueron formando lagos y zonas pantanosas en las que se depositaron los desechos vegetales, los cuales tras un proceso de carbonización se han convertido en el lignito que ha extraído durante el siglo XX. Hace 65 millones de años se pasa a la Era Terciaria. Con la retirada definitiva del agua se inicia el proceso de la Orogenia Alpina con el que se forman las cordilleras más recientes. Ello se produjo al chocar las placas africana y europea. En este proceso el plegamiento y fracturamiento de las capas rocosas del fondo del mar que emergieron dieron lugar al Sistema Ibérico. Durante la Era Cuaternaria se fueron formando valles y congostos producto del agente erosivo de la red fluvial, hasta llegar al paisaje de nuestros días.
El recorrido geológico por el parque está señalizado con numerosos puntos y paneles informativos. Los más importantes se concentran en los alrededores de la población de Aliaga. Mediante ellos se comprende muy bien la estructura geológica y la evolución de este singular relieve que acompaña a los ríos de la Val, en su tramo final, y al río Guadalope. Se toma como punto inicial el mirador del Alto de Camarillas, con amplias vistas de pueden apreciar el paisaje característico de la zona. Para acceder al mismo se toma la carretera que conduce a Camarillas. Tras el ascenso por un monte desprovisto de vegetación, a dos kilómetros y medio la señalización invita a dejar el coche. Un sendero conduce a dos miradores cercanos, uno en dirección a Aliaga y otro con vistas del barrio de Santa Bárbara. En ambas direcciones se avistan numerosas crestas rocosas, producto del plegamiento de los fondos marinos que existieron en la zona. Se desciende por la misma carretera, y en la confluencia con la carretera principal aparece otro punto de interés. Allí se alza un gran monolito calcáreo del periodo del Cretácico, conocido como La Porra. Se formó tras el plegamiento de las capas, y la fractura y erosión de los pliegues formados. En ella abundan los restos fósiles. En las inmediaciones destacan formaciones rocosas de formas variadas. Se toma dirección a Aliaga, y desde el comienzo de la población, a mano derecha se puede ver La Olla. En el ascenso al castillo se aprecia mejor la curiosa y gran formación rocosa. Se trata de una cresta que se repliega sobre sí misma dando lugar a un espectacular pliegue en forma casi circular. Una vez en la localidad de Aliaga, se atraviesa la misma en dirección a Ejulve. De camino a otro de sus barrios la carretera atraviesa los Estrechos de La Aldehuela, por cuyo fondo discurre el río Guadalope. Con la propuesta senderista del día siguiente se recorre este paraje rodeado de espectaculares crestas formadas por diferentes estratos muy diferenciados formando láminas. Tras su plegamiento la erosión ha llevado a cabo el resto del trabajo.


Para la mañana siguiente se propone un sencillo paseo para recorrer a pie uno de los rincones más interesantes del entorno de Aliaga mediante el Sendero fluvial del Guadalope. Para ello es necesario alcanzar con vehículo el santuario de la Virgen de la Zarza, a las afueras de Aliaga.

TIEMPO

DESNIVEL

DIFICULTAD

2h (ida y vuelta)

 50 m

fácil

Desde este punto parte una senda junto al río Guadalope acompañados de la preciosa vegetación de ribera. En un cuarto de hora el valle se vuelve más angosto y el río se encajona en los Estrechos de la Aldehuela. En esta zona se han instalado varias pasarelas metálicas para facilitar el tránsito. Se trata del tramo más atractivo de la ruta. Una vez superada esta zona se recorre de nuevo el fondo del valle. El sendero asciende hasta un pequeño collado elevado desde el cual se contempla una vista completamente diferente. Ante el visitante se abre el embalse de Aliaga y el edificio de la antigua Central Térmica de Aliaga. Se bordea la lámina de agua, la cual está cubierta en buena parte por el carrizo, que sirve de refugio a numerosas especies de aves. El objetivo de su construcción fue la refrigeración de la central térmica. A los pies de la presa se cruza el cauce por un puente de cemento y tras un ligero ascenso se alcanza el edificio de grandes dimensiones, tras una hora de caminata.


Se encuentra totalmente abandonada tras el cese de la actividad en 1982. Fue construido según los cánones racionalistas, y en sus fachadas se abren grandes ventanales. Con la explotación de los lignitos de las cuencas mineras, se comenzaron a construir centrales térmicas. En ellas se produce electricidad gracias a la quema de carbón. En la provincia de Teruel la primera en ponerse en marcha fue la de Aliaga, a la que le sucedieron las de Escucha y Andorra. La Central Térmica de Aliaga comenzó a funcionar en 1950 con sus dos primeros generadores, al que se le unió un tercero en 1958. A máximo rendimiento se convirtió en la más grande y moderna de España, siendo su capacidad energética de 280 kw/hora. Debido a la gran demanda de carbón generada por la central, las explotaciones mineras de su alrededor eran incapaces de suministrar carbón suficiente. Empezó el declive de la cuenca minera que se consumó con el cese de su producción eléctrica en mayo de 1982, momento en que fue necesaria una reparación costosa, que unido al encarecimiento del trasporte del carbón hicieron que ya no fuera rentable la central. Tras la visita de este singular espacio natural y arquitectónico se inicia la vuelta por el mismo sendero hasta el punto de partida. En total unos ocho kilómetros de recorrido.


Para la tarde del domingo se propone una pequeña parada en la cercana localidad de Hinojosa del Jarque. Se asienta sobre una pequeña colina, por la cual asciende la calle mayor. A mitad de camino se encuentra el ayuntamiento. Consta de un porche en ángulo formado por seis arcos de medio punto que se apoyan columnas cilíndricas. En la parte alta se alza la iglesia de San Miguel. La torre almenada, que tuvo un primer uso defensivo, data del siglo XV. Se acompaña de un atrio abierto mediante tres arcos rebajados sobre columnas dóricas en un costado. La portada responde el estilo plateresco del siglo XVI. Un paseo por la localidad se complementa con su parque escultórico. Se trata de un museo al aire libre, producto de varias convocatorias del simposio internacional dedicado a la memoria de los pueblos. Las piezas están colocadas en las pequeñas colinas que rodean la población e incluso dentro del propio casco urbano. Se trata de una treintena obras de arte contemporáneo llevadas a cabo en diferentes materiales como madera, hierro, piedra o cemento.

La vía verde de la Val de Zafán recorre solitarios pueblos de la comarca del Matarraña surcando un paisaje de campos de olivos, viñedos y frondosos bosques de pinos. En su recorrido atraviesa varios túneles y dos viaductos para salvar el Matarraña y el Algás. Estos dos ríos típicamente mediterráneos son los más importantes de la comarca. 

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El antiguo ferrocarril del Val de Zafán tiene como punto de partida La Puebla de Híjar, por donde pasa la línea directa entre Zaragoza y Barcelona que discurre al sur del río Ebro. Surge como una aspiración aragonesa para contar con un acceso directo al mar pasando por Alcañiz y Tortosa. El nombre, una val llamada Zafán, procede de un paraje situado a las afueras de la población de donde partía la línea. Las obras se iniciaron en 1882 y en 1895 se inaugura el primer tramo hasta Alcañiz. El resto de las obras tuvo muchas dificultades económicas y hasta 1942 no alcanzó la localidad de Tortosa. La guerra civil forzó la finalización de las obras por el interés de desplazamiento de las tropas. Este ferrocarril fue conocido como el Sarmentero, debido al paisaje de viñedos que atravesaba. Su existencia fue corta ya que en septiembre de 1973 dejó de funcionar, siendo la excusa de su cierre el hundimiento de un túnel en tierras catalanas.
El recorrido propuesto realiza un tramo de la vía verde acondicionado entre las localidades de Valdealgorfa y Lledó. Su longitud lo convierte en recorrido largo, realizando ida y vuelta, con aproximadamente 55 kilómetros. En caso de disponer de dos vehículos se puede realizar el trazado en un sentido únicamente, reduciendo a la mitad el recorrido y el desnivel.

LONGITUD DESNIVEL PENDIENTE FIRME DIFICULTAD
55 km (ida y vuelta) 500 m (ida y vuelta) 0,8% bueno media

El punto de partida es la estación de Valjunquera/Valljunquera. Para acceder hasta allí es necesario alcanzar la población de Alcañiz. Desde ella tomar la nacional en dirección a Castellón. A catorce kilómetros de la capital del Bajo Aragón debe tomarse el desvío de la carretera en dirección a Tortosa. Y cinco kilómetros después tomar la indicación a Valjunquera/Valljunquera. Se pasa por encima de la antigua línea férrea, a cuya estación se accede a mano izquierda poco después por un camino asfaltado. En este punto los paneles informativos informan al ciclista de la ruta, ubicados junto a un área de descanso.

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Dejando atrás la primera estación se empiezan a ver pinares salpicados entre los cultivos. El trazado atraviesa una pequeña sierra para lo cual es necesario recorrer un pequeño túnel de 100 metros en cuyo interior no es necesaria iluminación. También se suceden algunos tramos de pronunciadas trincheras. Después de poco más de cinco kilómetros aparece la estación de Valdetormo/La Vall del Tormo.

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Una vez superada la sierra, el paisaje se abre y surgen campos de frutales aterrazados. En este tramo de unos cuatro kilómetros se atraviesa un túnel de 300 metros con trazado en curva. A pesar de que cuenta con iluminación, es recomendable llevar alguna linterna.

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En ligero descenso se alcanza uno de los lugares más interesantes de la ruta. Para salvar el río se construyó el viaducto del Matarraña/Matarranya. Una obra de grandes dimensiones, con una longitud de 275 metros. Desde la parte alta se aprecia la amplitud de este valle surcado por un río típicamente mediterráneo que acusa grandes avenidas en momentos puntuales. La ruta continúa ahora en dirección al siguiente punto, la estación de Torre del Compte/La Torre del Comte, situada a tan sólo medio kilómetro. El edificio fue reacondicionado como hotel de cuatro estrellas, poniendo en valor el patrimonio ferroviario. El ciclista debe abandonar el trazado de la vía férrea por un momento, rodeando las instalaciones. Justo después de pasar junto a su aparcamiento, una rampa a la izquierda deja de nuevo en la antigua plataforma ferroviaria.

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La ruta avanza en constante ascenso mientras atraviesa la rambla de Canaletas. El paisaje se compone de amplios pinares. Casi nueve kilómetros separan el apeadero anterior del punto más alto de todo el recorrido, que coincide con la estación de Valderrobres/Vall de Roures. Como casi todas las demás se encuentra abandonada, y está dotada de una zona de recreo para el descanso del ciclista.

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Una vez superado este punto las vistas permiten divisar el cercano pueblo de Cretas/Queretes. Un corto tramo de poco más de dos kilómetros hasta pasar junto a la estación de Cretas/Queretes. En esta ocasión las instalaciones están rehabilitadas completamente como albergue aprovechando todos los edificios para los diferentes servicios que ofrece este alojamiento. La vía verde avanza en ligero descenso. Poco a poco las vistas permiten apreciar más de cerca las peculiares formaciones rocosas de los Puertos de Beceite/Ports de Beseit. Mientras el paisaje más cercano se cubre de viñedos, almendros y olivos.

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El final del recorrido lo marca la frontera entre tierras aragonesas y catalanas, siete kilómetros después. El límite coincide con el río Algars/Algars el cual se atraviesa mediante el viaducto del Algás/Algars con 170 metros de longitud. Unos metros más adelante se encuentra la estación de Arnes-Lledó. Daba servicio a las dos poblaciones más cercanas, la aragonesa Lledó y la catalana Arnes. Se trata del punto final del recorrido. Hasta este lugar se habrán recorrido poco más de veintisiete kilómetros. Desde aquí, si no se cuenta con vehículo de apoyo, resta realizar el recorrido de vuelta.

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Tras la realización del recorrido ciclista por la mañana, no debe perderse la oportunidad de dar un paseo por las poblaciones del entorno de la vía verde. Se puede elegir entre La Fresneda/La Freixneda, Valderrobres/Vall de Roures y Cretas/Queretes. Cualquiera de ellas sorprenderá al viajero por la conservación de su arquitectura civil y el valor monumental de su patrimonio religioso. Un paseo por La Fresneda/la Freixneda permitirá disfrutar de la plaza del ayuntamiento y las calles de su alrededor con sus característicos soportales. Mientras en su parte alta se encuentra la iglesia de Santa María la Mayor y el calvario, con excelentes vistas del casco urbano y sus alrededores. Valderrobres/Vall de Roures es la capital de la comarca y uno de los pueblos bellos de Aragón. El puente sobre el río Matarraña/Matarranya es una de sus estampas más conocidas. Al atravesar el portal se accede a una recoleta plaza desde la cual se recomienda callejear para saborear el ambiente rústico de sus calles. En la parte alta no debe dejarse de visitar la iglesia de Santa María la Mayor y el castillo-palacio, perfectamente conservados, y unas de las joyas artísticas de la comarca. Y finalmente otra opción es Cretas/Queretes. El pueblo más pequeño de los tres, pero que cuenta igualmente con encantos suficientes para satisfacer al viajero. En su traza urbana destaca la iglesia de la Asunción, así como las monumentales capillas, una de las cuales sirve de portal.

Tierra de Biescas en un territorio formado por una amplia y extensa llanura surcada por el río Gállego. Al norte queda delimitado por las murallas rocosas de Sierra Tendenera y Sierra Telera, separadas por el congosto de Elena. En la zona central está escoltada por Punta Güé y el Monte Oturia. El arte serrablés constituye su elemento diferenciador, albergando ejemplos notables de este estilo románico tan singular.

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La Ruta Tierra de Biescas es un sencillo recorrido ciclista que tiene como punto de partida la localidad de Biescas y que termina en el mismo lugar. En su trazado se combina el asfalto de carreteras de poco tránsito y de las calles de la población, con la tierra de una pista en el trazado de vuelta. El desnivel es inapreciable en buena parte de su recorrido, a excepción de un pequeño repecho antes de alcanzar Lárrede. Estas características la convierten en un agradable paseo en el cual disfrutar del paisaje fluvial formado por el río Gállego.

LONGITUD DESNIVEL PENDIENTE FIRME DIFICULTAD
19 km (ida y vuelta) 100 m variable bueno fácil

La ruta tiene como punto inicial la plaza de España, centro neurálgico de la población de Biescas. Frente al ayuntamiento está ubicada la oficina de turismo donde poder obtener más información sobre esta bella población y sus alrededores. Tomando la carretera que conduce a Orós Alto se pasa junto al parque de la Conchada. Una vez dejada atrás la población se atraviesa el canal de evacuación de la central hidroeléctrica mediante un puente. A partir de este punto el recorrido coincide con la carretera que discurre por la margen izquierda del río Gállego. Tras recorrer dos kilómetros se atraviesa el barranco de Sía mediante un nuevo puente. Aparece encauzado para el control del caudal en caso de desbordamiento. Un poco más adelante se pasa cerca del núcleo de Orós Alto. El ciclista circula de una manera cómoda por una carretera que serpentea atravesando una gran llanura en la que abundan los campos de cultivo y los pastos.

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Poco después de superar los primeros cuatro kilómetros se atraviesa Orós Bajo. A escasos metros de la carretera se encuentra uno de los ejemplos del arte serrablés. Las iglesias del Serrablo tienen unas características comunes y se sitúan en un espacio reducido, en la cuenca alta del río Gállego. Fueron llevadas a cabo entre los siglos X y XI. Se caracterizan fundamentalmente por sus torres con similitudes a los minaretes musulmanes, el uso del arco de herradura en vanos y el alfiz, así como por la decoración con bandas y arquería ciega en sus ábsides. La iglesia de Santa Eulalia de Orós Bajo es una de las últimas manifestaciones de este estilo. Su ábside presenta arquería ciega que se apoya en columnas planas o lesenas.

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Una vez abandonada la población la ruta avanza en ligero descenso aproximándose al río, oculto tras la vegetación de ribera. En apenas dos kilómetros se alcanza un cruce de carreteras. Continuando por la margen izquierda se toma dirección a Lárrede. En un primer tramo se atraviesa de nuevo una zona cubierta por pastos, y un poco más adelante un pequeño ascenso sirve de antesala a la población que marca la mitad de la ruta. Lárrede posee la iglesia más importante del estilo serrablés. Cuenta con planta de cruz latina, al añadir dos capillas junto a la cabecera. El acceso está formado por un sencillo arco de herradura enmarcado por un alfiz. En su fachada luce además varias ventanas con arcos similares. La cabecera sigue la tipología del resto de iglesias. Y finalmente destaca su esbelta torre, con ventanas de tres arcos características de este estilo.

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Ya de vuelta, a poco más de un kilómetro de Lárrede, se pasa junto a la ermita de San Juan de Busa. Constituye uno de los ejemplos más emblemáticos de este conjunto de iglesias, rodeado de un espacio natural precioso. Su portada cuenta con dos arcos, uno de ellos decorado. Y la cabecera sigue los cánones del resto de iglesias serrablesas, con baquetones y arquería ciega.

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Se alcanza el cruce anterior, junto al cual está al área recreativa de Oliván, un espacio bien acondicionado donde poder realizar un pequeño descanso. Para continuar con la ruta circular es necesario atravesar el río Gállego por el puente de Oliván. Ya en la otra orilla una pista en buen estado recorre la margen derecha del río. En un primer tramo de poco más de un kilómetro la vegetación de ribera acompaña al ciclista. Le sucede un tramo de un kilómetro adicional en el cual atraviesa una plantación de chopos, un paisaje característico que acompaña a muchos ríos. Dependiendo del estado de la plantación, ésta puede ofrecer desde un bosque de árboles alineados de diferente tamaño hasta un paisaje deforestado en el momento de su tala.

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En el tramo final la ruta atraviesa el barranco de Arás. Primero se atraviesa el cauce abandonado y seco, por el cual el 7 de agosto de 1996 pudieron bajar 500 m3/segundo que arrasaron el camping de Las Nieves y sesgaron la vida de 87 personas. Un poco más adelante aparece el actual cauce regulado, atravesado por un puente. A partir de este punto se retoma el asfalto. Un camino aproxima a la población de Biescas, donde poco a poco van surgiendo las primeras viviendas. Se alcanza la avenida de Zaragoza, eje que vertebra la zona donde se agrupan las viviendas de segunda residencia del núcleo. Al final, con el sinuoso trazado de la calle Rambla de San Pedro, se alcanza el puente sobre el río Gállego. Éste conecta los dos barrios en los cuales tradicionalmente ha estado dividida la población. Al otro lado surge la plaza de España, punto de inicio y fin de la Ruta Tierra de Biescas.

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La escasa longitud permite realizar la ruta durante la mañana de manera pausada y disfrutando del paisaje. Por la tarde se recomienda un paseo por Biescas, una de las localidades pirenaicas más turísticas. Su desarrollo urbanístico y de servicios engloba un casco urbano partido por el río Gállego. En la margen derecha está el barrio de San Pedro, que se culmina con la iglesia que le da nombre. Fue reconstruida según estilo neoclásico en el siglo XX y luce una torre cuadrada visible en cualquier estampa de la población. En la parte baja del barrio, cerca del puente se encuentra la Torraza, el edificio civil más importante. Tras su restauración el interior cuenta con un espacio expositivo dispuesto en cuatro plantas. En la margen izquierda está el barrio de la Peña, coronado por la iglesia de San Salvador. De su fábrica románica se conserva sólo el ábside semicircular, siendo reconstruido el resto tras el paso de la guerra civil. En el recorrido por las calles no se debe pasar por alto algunos edificios de interés, entre los que destacan Casa Sebastián y Casa Pepe Estaún.

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A caballo entre las provincias de Zaragoza y Teruel está el valle del Jiloca, donde se emplaza la ciudad de Daroca, y la cuenca endorreica de la Laguna de Gallocanta. Dos lugares de gran interés; el primero por contar con un conjunto urbano de gran valor artístico, y el segundo por ser uno los humedales más importantes de Aragón, con la grulla como protagonista en el periodo invernal.

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Para la jornada del sábado se propone la visita a la Laguna de Gallocanta y su entorno, dejando para el domingo la visita a la monumental ciudad de Daroca. Para aproximarse al entorno de la laguna es necesario tomar la autovía mudéjar, que comunica Zaragoza con Teruel. Debe abandonarse tomando la salida de Daroca. Una vez bordeada la población en dirección a Teruel, parte el desvío que conduce a Molina de Aragón. En 17 kilómetros y tras remontar el pequeño puerto de Santed se alcanza el altiplano elevado a 900 metros de altitud donde se asienta la laguna más grande de España. Se toma dirección a la población de Gallocanta, y una vez atravesado el casco urbano, a las afueras aparece el Centro de Interpretación de la Laguna de Gallocanta. En la recepción hay una oficina de turismo comarcal donde solventar cualquier duda sobre la visita de la zona. En su interior cuenta con varios espacios, el primero de ellos dotado de unas vitrinas con aves disecadas con las cuales se puede conocer de una manera visual los habitantes de este humedal, así como reconocer el sonido de su canto. Otro espacio explica las características de la cuenca endorreica de la laguna y de los humedales cercanos. Y en la planta alta cuenta con un magnífico mirador de la laguna, desde donde poder observar las aves con prismáticos.

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El siguiente punto de la visita permite la primera aproximación a la laguna. Para ello es necesario volver hacia Gallocanta y atravesarla de nuevo. A las afueras de la población hay una chopera rodeada de antiguas huertas, atravesada por un camino que surge junto a las piscinas, a la izquierda. Más adelante, tras atravesar un arroyo, en una bifurcación se toma el camino de la izquierda. Bordeando la laguna se encamina a la pequeña elevación donde se emplaza la Ermita de la Virgen del Buen Acuerdo. El edificio es el resultado de las reformas a lo largo de siete siglos, partiendo de la fábrica románica. Se conserva el ábside semicircular en la cabecera construido con grandes sillares de piedra. Sobre el presbiterio se alza una discreta torre de planta rectangular. A su alrededor se levantó en la última restauración un cercado con dos espacios abiertos pero cubiertos utilizados en las romerías.

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Para completar la visita de la mañana se propone la visita a Berrueco, situado a cuatro kilómetros de distancia de Gallocanta. En el centro de la localidad se emplaza la iglesia de la Asunción. Un edificio barroco del cual despunta la torre de planta cuadrada en su primer tramo y octogonal de ladrillo en el segundo. La población se originó a los pies de un importante castillo, lo que hizo que se conociese como Castelberrueco hasta 1646. Un pequeño paseo señalizado que parte junto al ayuntamiento, en la parte trasera de la iglesia, permite acceder a la antigua fortaleza. En la actualidad apenas quedan restos de dos torres encaramadas a la roca. Atravesando el recinto, unos metros abajo, hay acondicionado un mirador desde donde poder divisar la laguna por completo. Un lugar privilegiado desde donde se divisa la magnitud de la Laguna de Gallocanta. A pesar de que el nivel de las aguas es muy variable, en el momento de máxima ocupación alcanza una superficie de 14 km2, con siete kilómetros de largo. Su profundidad es escasa a pesar de sus dimensiones y puede alcanzar tan sólo dos metros y medio, oscilando el medio metro en casi toda su superficie. Por ello se puede considerar como la laguna natural más grande de la Península Ibérica. Sin embargo sus estiajes son severos y puede llegar a secarse por completo. Las características de los materiales donde se asienta la convierten en un humedal de agua salada.

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Para la tarde se propone continuar bordeando el amplio perímetro de la laguna. A cinco kilómetros de la anterior población está Tornos, atravesada por la carretera. Se pasa por la plaza de España, en cuyo centro se levanta el peirón de San Antón. Éste destaca por su monumentalidad, compuesto por un pilar de sección cuadrada decorado con rombos. Se apoya en tres gradas y está coronado por cuatro hornacinas y chapitel bulboso. A escasos metros se encuentra la iglesia de San Salvador. El edificio barroco terminado en el siglo XVIII se corona con una torre de planta cuadrada y remate ochavado en la parte alta. También es interesante acercarse a la ermita de Nuestra Señora de los Olmos. Poco antes de entrar en la población provenientes de Berrueco, junto a un rústico peirón parte una pista. Un poco más adelante otro peirón marca el desvío hacia la ermita. Se trata de una curiosa construcción que destaca por su altura. Sobresale su cimborrio octogonal, que se culmina con linterna y chapitel.

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Tras atravesar la población se alcanza otra carretera. Tomando dirección a la derecha se continúa con el recorrido. De nuevo cerca de la laguna aparece el otro centro de interpretación del espacio natural. Un pequeño edificio de dos plantas donde ampliar los conocimientos naturales del entorno. En su exterior cuenta además con un observatorio de la laguna. A unos tres kilómetros se encuentra la población de Bello. Adentrándose en su casco urbano se llega hasta una plaza irregular en torno a la iglesia de la Natividad. Es una construcción gótico-renacentista llevada a cabo en el siglo XVI. La torre, a diferencia de las anteriores, está construida a base de sillería. El último de sus cuatro cuerpos es octogonal y se remata con chapitel piramidal. Un poco más adelante se alza la plaza del ayuntamiento. El edificio del siglo XVII cuenta con tres plantas y se corona con un alero de madera. Y unos metros más adelante otra casa nobiliaria con portalada dovelada enmarcada por un alfiz.

Y el final del día lo pone el atardecer en la laguna de Gallocanta. La visita en el periodo invernal tiene como atractivo poder disfrutar de un gran espectáculo natural. En ese instante el sol desaparece por el horizonte y según los días el cielo se tiñe de colores rojizos. Ese es el momento elegido por miles de grullas para volver a la laguna a pernoctar. Entre los meses de octubre a marzo se repite día a día este espectáculo, en el cual cientos de bandos de ruidosas grullas van acercándose a la lámina de agua, la cual les proporciona un lugar seguro para pasar la noche. Hay dos lugares idóneos para contemplar este fenómeno natural. En la primera parte del invierno es la ermita de la Virgen del Acuerdo, y en la segunda parte el centro de interpretación situado entre Bello y Tornos. Es recomendable asesorarse en los puntos de información para no perderse el gran atractivo de la laguna de Gallocanta.

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Para el domingo se propone la visita a la ciudad de Daroca, situada a unos veinte kilómetros de Gallocanta. Se trata de una de las ciudades más monumentales de Aragón, resultado de doce siglos aglutinando un conjunto de edificios civiles, religiosos y defensivos en armonía con la belleza natural de su emplazamiento. Fue fundada a finales del siglo VIII por los musulmanes dándole el nombre de Daruqa. Alfonso I el Batallador la reconquistó en 1120, convirtiéndose entonces en la plaza fuerte más importante al sur del reino de Aragón. Los habitantes de la ciudad y su entorno disfrutaron de un fuero que les concedía una libertad inimaginable en la Europa feudal de aquella época.

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El punto de partida de la visita es la Puerta Alta, acceso al casco antiguo proveniente de Zaragoza. Fue levantada en el siglo XVI tras el derribo de la anterior por una de las muchas riadas que afectaron a Daroca, asentada en la rambla Fondonera que coincide con el recorrido de la calle Mayor. Desde este punto parte la ruta que recorre parte del perímetro de la muralla, de unos cuatro kilómetros. Este trayecto tiene una duración de hora y media y se recomienda calzado cómodo ya que transcurre por los montes que cercan la población. El recinto defensivo fue construido por los musulmanes, y reformado después por los cristianos para defenderse primero de ellos y después de los castellanos. A extramuros comienza el recorrido que pasa al lado de la Torre de los Huevos, de planta pentagonal. Junto a la Torre de la Sisa, se adentra en el interior de la ciudad amurallada. Tras un pequeño ascenso se llega al Castillo Mayor. Conserva torreones en mal estado y la Torre del Homenaje. Un poco más arriba, un desvío conduce hasta unas escaleras que descienden hasta la ermita de Nazaret, que tiene la sencilla portada en un muro rocoso en cuyo interior se abre la capilla.  A partir de este punto el lienzo de la muralla se conserva en mejor estado, construida con tapial recubierto de mampostería y argamasa. Tras pasar junto al Torreón del Jaque, comienza el ascenso hasta el punto más alto de la muralla, donde se ubica el Castillo de San Cristóbal. Está formado por un pequeño recinto amurallado con un gran torreón de mampostería que data del siglo XIV. A la derecha de las antenas de telefonía arranca el descenso vertiginoso atravesando un denso pinar. Más abajo se pasa junto a la Torre del Águila, de la cual resta sólo uno de los muros. Cercana a ésta aparece la Torre de San Valero, de planta circular. Llaman la atención tres curiosas aspilleras para la defensa. El sendero desciende con buenas vistas de la población, como durante todo el recorrido. Finalmente alcanza una calle que atraviesa el portillo del Arrabal, pequeña puerta de arco de medio punto. En su entorno la muralla ha sido reconstruida en ladrillo con franjas escalonadas de esquinillas, coronada con almenas. Sólo resta llegar a la calle Mayor, a los pies de la imponente Puerta Baja. En 1451 se levantaron las dos torres a ambos lados del acceso. Son de planta cuadrangular en sillería y se remataron con merlones escalonados. Entre ellos se abre un arco rebajado sobre el cual se dispone el escudo de Carlos V.

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A escasa distancia de la puerta, fuera del recinto amurallado, está la Fuente de los Veinte Caños que fue construida en el año 1639. Se trata de una fuente monumental cuyo frontal se divide en pilastras decoradas con el escudo de la ciudad en la parte central. El recorrido turístico se adentra en la ciudad por la calle Mayor. En él no faltan edificios señoriales de empaque que manifiestan la importancia de sus habitantes durante la historia, que se alternan con otros que conservan el aspecto medieval de antaño. A mitad de calle se encuentra la oficina de turismo, en la cual completar la información sobre el recorrido por la ciudad así como de los edificios visitables. Un poco más adelante se accede a la plaza de España, un gran espacio que acoge a la Colegiata de Santa María y al Almudí. Este edificio es también conocido como Casa de los Soportales, por el porche con pilares de piedra y zapatas de madera de su parte inferior. La Colegiata de Santa María tiene sus orígenes en la obra románica de finales del siglo XII construida sobre la antigua mezquita mayor musulmana. De esta época se conserva en la actualidad el ábside semicircular, ocupado por la capilla de los Corporales. La leyenda del milagro de los Corporales se remonta al tiempo de la reconquista de Valencia. En 1239 las tropas cristianas antes de la toma del castillo de Chía celebraron misa. Sin embargo un ataque inesperado hizo interrumpir el acto litúrgico. Después de sofocarlo las seis hostias preparadas para la comunión aparecieron ensangrentadas. La propiedad de aquella prueba del milagro fue disputada y finalmente se dejó que una mula decidiese en su marcha la elección del destino, siendo Daroca hasta donde llegó. Desde entonces generó muchísima devoción y cuenta con una capilla propia donde se guardan las reliquias. Cuenta con un retablo de decoración gótico-flamígera de gran belleza. En siglo XV se erige la actual torre tras cubrir la anterior de ladrillo proveniente del alminar de la mezquita. Está formada por dos cuerpos de sillería que se rematan con almenas y merlones. En esta época también se termina la Puerta del Perdón. Se trata de una portada gótica compuesta por arcos ligeramente apuntados. Sobre el acceso, el tímpano que representa la escena del Juicio Final. A finales del siglo XVI se lleva a cabo la reforma más importante, en la cual se reestructura todo el interior de la colegiata. Se construyen tres naves de igual altura cubiertas con bóvedas estrelladas. Ante el altar se levanta un gran baldaquino inspirado en el de San Pedro del Vaticano. Formado por cuatro las columnas salomónicas de mármol negro que sostienen el baldaquino de madera policromada. El interior se completa con un grupo escultórico de la Asunción tallado en madera blanca. Y finalmente en 1603 se contrata la portada principal, de la cual destaca el cuerpo superior con un gran relieve de los Corporales.

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La visita continua bordeando la colegiata y ascendiendo por la calle Grajera. A escasa distancia se encuentra la Casa del Diablo, que data del siglo XV. En su fachada muestra una ventana ajimezada decorada con dos arcos conopiales. Volviendo sobre nuestros pasos se toma la calle que conduce a la Iglesia de San Juan. Se inició en el siglo XII pero las obras fueron interrumpidas lo cual queda de manifiesto en el exterior de su ábside semicircular. La continuación se llevó a cabo durante el siglo XIII en ladrillo simulando las columnas románicas, con un curioso arco polilobulado en el centro.

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Callejeando se alcanza la iglesia de San Miguel, situada en la parte más alta de la ciudad. Sus orígenes datan de finales del siglo XII. A la primera época pertenecen el ábside y la portada. El ábside semicircular se decora con triples columnas rematadas por capiteles con decoración vegetal. Sobre ellos discurre un friso de arquillos ciegos. La portada está formada por cinco arquivoltas decoradas algunas de ellas con ajedrezado y dientes de sierra. Ya en descenso se pasa junto a la iglesia de Santo Domingo.  Su obra original se remonta al siglo XII. El ábside semicircular es testigo de las diferentes etapas constructivas, pasando a planta poligonal en la parte alta. También la torre muestra su parte inferior en sillería y el resto en ladrillo. Un incendio en el siglo XVIII hizo reconstruir la iglesia decorándola al estilo barroco. Frente al ábside se conserva el Hospital de Santo Domingo. Fue construido entre los siglos XV y XVI. En la parte baja aparecen cegados los arcos pertenecientes a la antigua lonja. El segundo piso muestra dos ventanas ajimezadas. La visita termina de nuevo en la calle Mayor.

El río Huerva nace cerca de la localidad turolense de Fonfría, en la sierra de Cucalón. Recorre sus últimos kilómetros de camino a Zaragoza atravesando un valle muy humanizado debido al importante desarrollo urbanístico e industrial. Uno de sus rincones más bonitos está en Muel, población con un legado romano y mudéjar todavía presente. La visita se complementa con una visión desde la Plana de Zaragoza, rodeada de un paisaje estepario.

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En pleno casco urbano de Zaragoza se unen las aguas del río Huerva con las del Ebro. Para recorrer su último tramo es necesario salir de la gran urbe por la autovía mudéjar en dirección a Teruel. Su trazado discurre en paralelo a la vega de este río. Unos quince kilómetros hay que recorrer para alcanzar el primer destino, María de Huerva. La autovía debe abandonarse tomando la salida compartida con el acceso a Cadrete. Por la carretera nacional se alcanza la población. En la travesía surge una rotonda desde la cual la avenida Stadium y posteriormente la calle del Río que conduce sin pérdida hasta el cauce del Huerva. Un puente de hormigón permite cruzarlo, pero justo antes es necesario dejar el vehículo.

TIEMPO

DESNIVEL

DIFICULTAD

20 min (ida)

75 m

fácil

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Nada más cruzar a la otra margen se toma una pista a mano derecha la cual se introduce poco a poco en una rambla. Una vez recorridos trescientos metros, junto a una placa de propiedad privada, parte a derecha una senda que conduce al visible Castillo de María. Tras un repecho se atraviesan los restos de unas cuevas. En veinte minutos de recorrido se llega a los pies del promontorio rocoso, recortado a pico de manera vertical. El castillo musulmán de al-Marya es el más importante de la ribera baja del Huerva. Una senda permite recorrer todo su perímetro, con alguna zona donde deben extremarse las precauciones. Se accede a la plataforma de la fortaleza a través de dos pasadizos excavados con escaleras, que parten de una especie de cueva situada en un costado. En la parte alta aparece un aljibe, antes cubierto con una bóveda, y la torre, todo ello en un recinto ovalado de cincuenta metros de largo. La torre se encuentra en un extremo, y fue realizada en encofrado con piedra de yeso. Tres de sus lados todavía se elevan a bastante altura y conserva alguna aspillera defensiva. Desde este lugar elevado las vistas del valle del Huerva y su entorno son preciosas. Destaca la diferencia de tonalidades entre el verde de los campos que acompañan al río, y el color ocre del monte donde se asienta la fortaleza.

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La siguiente parada es la localidad de Muel. Se retoma la carretera nacional en dirección a Teruel. Unos doce kilómetros separan ambos pueblos. El germen de la población es un asentamiento musulmán. Tras la reconquista pasó a manos cristianas, manteniéndose la población musulmana. Así estuvo la situación hasta 1610, cuando se expulsó a los moriscos y se produjo una despoblación total. Ello afectó gravemente al gran número de alfares de la localidad. La actividad volvió y se mantuvo hasta hace unas décadas, cuando estuvo a punto desaparecer. La creación de la Escuela Taller y del resurgimiento de nuevos alfares ha devuelto esta antigua tradición a la localidad.

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Desde la antigua travesía parte una calle que se encamina a un arco, que sirve de  arranque a la calle Mayor. Por ella se alcanza la plaza España, donde se emplaza el ayuntamiento y varias viviendas que muestran la arquitectura civil tradicional. En un costado de la casa consistorial parte la calle que conduce a la iglesia de San Cristóbal. De la construcción destaca su torre mudéjar, donde se combina el ladrillo con los azulejos en perfecta armonía. Avanzando por la calle principal se alcanza el puente sobre el cauce del río Huerva. Un poco más adelante sorprende al visitante la Ermita de la Virgen de la Fuente. La mezquita construida por los musulmanes fue sustituida por una ermita levantada sobre una antigua presa romana. En el año 1766 la presa de Mezalocha, situada a cinco kilómetros, se reventó. Ello provocó tal riada que el agua llegó hasta una altura considerable, la cual está reflejada en uno de los muros interiores de la ermita. Tras su reforma la obra fue terminada en el año 1777. Su bella fachada está flanqueada por dos torrecillas. En su interior cuenta con una nave de bóveda de lunetos. Sobre el altar se levanta una cúpula, cuyas pechinas fueron pintadas por Francisco de Goya y Lucientes en 1770. En toda la nave conserva el zócalo de cerámica de Muel, más antiguo el correspondiente al altar.

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Uno de los atractivos de la localidad es el conocido como Parque de Muel. Ocupa el antiguo cauce del río Huerva, el cual fue anulado con la construcción de una imponente presa romana hace unos dos mil años. Tiene una altura de trece metros, formada por grandes sillares de piedra en hiladas horizontales que fueron unidos con argamasa. Bajo la presa un lago retiene las aguas que se filtran, y que con su aspecto cristalino permiten disfrutar del fondo cubierto por la vegetación subacuática. El resto del espacio, flanqueado por paredes rocosas, está cubierto por abundante arbolado. En uno de sus costados se levantó un edificio municipal con una vistosa torre, junto al antiguo molino. Un poco más abajo el cauce del río se precipita con dos preciosas cascadas. En la otra margen hay una zona de merenderos, a la cual se accede por un puente metálico. El parque se prolonga hasta los antiguos lavaderos, donde un puente permite el acceso al casco urbano de nuevo. Se trata de un espacio de gran belleza modelado por la naturaleza y transformado por el hombre desde la época romana, que constituye uno de los más bellos rincones del río en su ribera baja.

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Por la tarde se propone terminar de descubrir el entorno de la ribera baja del Huerva. Volviendo a Zaragoza por la carretera nacional hay que alcanzar la población de Cadrete. Una rotonda conecta con la salida de la autovía y sirve de acceso a la población a través de la avenida Juan Carlos I. Siguiendo las indicaciones del cementerio, y tras un quiebro a la izquierda y después a la derecha, se alcanza su puerta. A sus pies arranca la pista para la subida a la plana. En su primer tramo está asfaltada y poco a poco se convierte en una pista de tierra en buen estado. Al comienzo se suceden curvas en rápido ascenso adaptándose a la orografía. Después se suaviza el trazado atravesando zonas con campos de cereal alojados en pequeñas vales. Tras un repecho final, y después de haber recorrido 4,5 kilómetros, se alcanza la Plana de Zaragoza. Se trata de una gran superficie horizontal elevada a 600 metros de altitud. Desprovista de vegetación, los campos de cereal ocupan toda su superficie aprovechando la llanura. Desde hace unos años se compatibiliza el uso agrícola con el de producción energética mediante aerogeneradores. Se trata de más de 150 molinos distribuidos de manera uniforme por toda la muela conformando un paisaje peculiar, que genera una energía limpia. Justo al llegar a la muela, un mirador a mano izquierda es el lugar de descanso para los numerosos ciclistas que eligen esta ruta. Las vistas son amplias, con las formaciones de las vales en dirección al valle del Huerva, proporcionando una espectacular formación. A media distancia se divisa la ciudad de Zaragoza al completo. Y a lo lejos en días claros es visible el Moncayo, así como las sierras prepirenaicas. Al otro lado de la pista, bordeando un campo es recomendable acercarse hasta un hito de piedra desde donde se disfruta de otra vista. En ella destacan la vegetación a base de pinos que cubre las laderas, de camino a la ribera. También se divisa el castillo de María y más al fondo las estribaciones del Sistema Ibérico.

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Descendiendo por la misma pista, a unos tres kilómetros y medio desde el mirador, parte a mano derecha un ramal de pista que sirve de aproximación al Castillo de Cadrete. En medio kilómetro de recorrido bordeando el barranco de los Planos se llega a un lugar donde dejar el vehículo. Desde aquí sólo queda descender hasta el castillo de origen musulmán. La pequeña fortaleza se emplaza en un espolón, flanqueado por dos barrancos. Desde este punto hay excelentes vistas de la población de Cadrete y del valle del Huerva. Fue restaurado hace unos años y para su visita es necesario contactar con el ayuntamiento. El recinto más antiguo consta de la torre y un patio de armas con una cisterna. La robusta torre de planta cuadrada cuenta con sótano, cuatro plantas y terraza almenada, elevándose a doce metros de altura. En un plano inferior, y como continuación de la fortaleza, aparece el segundo recinto defensivo de mayores dimensiones. Todavía resta parte del muro que lo cercaba donde se abren abren aspilleras.

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