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FINES DE SEMANA Maestrazgo

Maestrazgo, un conjunto de joyas arquitectónicas

La comarca del Maestrazgo se encuentra a caballo entre las provincias de Teruel y Castellón. Los pueblos que lo componen atesoran un patrimonio arquitectónico que los sitúa entre los pueblos más bonitos de España. El Portal de las Monjas de Mirambel o la plaza mayor de Cantavieja son claros ejemplos de su belleza. A ellos se suman innumerables rincones y edificios que dejan maravillado al visitante.
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Alejada de los grandes ejes viarios, a esta comarca turolense se puede acceder por la carretera comarcal A-226, bien provenientes de Teruel o de Alcañiz. Esta ruta atraviesa el Maestrazgo pasando por su capital, Cantavieja. La visita se inicia en Villarluengo, población a la que también se puede llegar por la carretera que proviene de Ejulve. Su casco urbano se agrupa en torno a la iglesia parroquial delimitado por un cortado vertical de roca que se asoma al río Cañada.

Un paseo por las calles de la localidad conduce sin pérdida hasta la plaza de las Tablas, denominada así por el antiguo pavimento que tuvo. En la parte baja se encuentra el ayuntamiento, robusto edificio renacentista del siglo XVI. A escasos metros se alza una lonja abierta a la plaza mediante arcos apuntados. El firme inclinado de la plaza deja a los pies de la iglesia de la Asunción. De estilo renacentista, fue inaugurada en 1861. Su fachada con perfil mixtilíneo está escoltada por dos torres gemelas de mampostería y ladrillo. Sus cuerpos superiores son octogonales y se rematan con tejado piramidal. Desde la parte trasera se accede al balcón de los Forasteros. Un bello rincón con sobrecogedoras vistas del barranco de la Cañada, que discurre a los pies de la localidad.

Como complemento al paseo urbano se propone una sencilla excursión, la Ruta de los Pozos. Recorre mediante un itinerario circular rincones de gran belleza formados por el cauce del río Cañada.

TIEMPO

DESNIVEL

DIFICULTAD

2 h (ida y vuelta)

 400 m

fácil

Desde la parte baja de la localidad parte el camino que toma dirección al gran barranco. Una vez dejados atrás los huertos cercanos a las viviendas el camino empedrado pasa junto a un peirón monumental. Tras un cuarto de hora se alcanza el primer cruce. Se deja el camino y se toma a mano izquierda la senda señalizada que conduce a los pozos. Un sendero rodeado de abundante vegetación que en ligero descenso alcanza el cauce del río media hora después de comienzo. Unos metros antes, junto a una caseta pastoril se puede hacer la primera aproximación, viendo el tajo abierto en el paisaje por la erosión fluvial. La senda desciende hasta el Pozo del Invierno, el primero de ellos. Al fondo se avista el estrecho desfiladero de donde proviene el agua. Volviendo a la senda, ésta toma dirección al siguiente pozo, en paralelo al río. En diez minutos más se alcanza el Pozo La Sulsida. La senda avanza ascendiendo ligeramente y proporcionando buenas vistas del angosto valle. De nuevo en descenso se acerca al Pozo La Zarzina. Es necesario tomar un ramal de la senda que permite alcanzar el más espectacular de los tres saltos. El agua se precipita entre las rocas para alcanzar un pozo de grandes dimensiones. Desde este punto es necesario volver por el mismo itinerario hasta el primer pozo. A sus pies se cruza el cauce con alguna dificultad. Ya en la otra orilla una senda asciende mediante varias lazadas entre campos abandonados. Avanza en dirección contraria con vistas de las viviendas de Villarluengo. Al final alcanza de nuevo el camino empedrado, que conduce al Puente de la Hoya. Se trata de una robusta fábrica de sillería, con dos arcos sobre el cauce. Al otro lado comienza el ascenso, ya sin pérdida en dirección al pueblo.

Para la tarde del sábado se propone la visita a La Iglesuela del Cid . Esta localidad tomó su apellido del personaje histórico de Rodrigo Díaz de Vivar, quién mandó fortificar el pueblo. La visita se inicia caminando desde la travesía y pasando un pequeño puente. Enseguida se aprecian dos magníficas torres: la de la iglesia y la del Homenaje o de los Nublos, del castillo de los Templarios. Un arco a mano derecha introduce en la plaza de la Iglesia. Se trata de uno de los rincones más bellos de la localidad. Allí se abren la magnífica portada plateresca de la iglesia parroquial, las fachadas de la Casa del Blinque, la Casa de los Daudén y el edificio de la Casa Consistorial. Éste último es un edificio gótico del siglo XVI, con lonja de tres arcos apuntados abiertos a la plaza y ventanales ajimezados en la fachada rematada con alero de madera. Forma parte del antiguo castillo templario. Del mismo queda todavía la sala capitular, donde celebraban las sesiones los templarios y sanjuanistas bajo el rico artesonado del techo. Se utiliza actualmente como salón de sesiones. En cuanto a la Casa Blinque, frente a la iglesia, cuenta con un gran porche que cobija la puerta, apoyado en una columna. En un rincón está la Casa de los Daudén que luce portada con fecha de 1773. En el interior destaca su escalera imperial de estilo rococó. Junto a ella, en recodo, parte la calle Ondevilla, origen del núcleo y que todavía conserva un profundo sabor medieval, con buenos ejemplos de casas nobles.

Se puede volver por la rambla salpicada de huertos, para entrar de nuevo por el portal de San Pablo, único vestigio del perímetro defensivo de la época medieval. En una replazoleta se alzan dos de los mejores ejemplos de arquitectura civil de la población. La casa Guijarro, del siglo XVI y la Casa grande de los Aliaga, monumental casona coronada por un magnífico alero de madera. Un paseo por el resto de calles permite apreciar por completo la riqueza monumental del núcleo.

Atravesando el portal de San Pablo, y el barrio situado al otro lado de la rambla, parte un camino que conduce al Santuario de la Virgen del Cid. A lo largo de tres kilómetros se atraviesa un paisaje escaso en vegetación, pero rico en muros de piedra seca que delimitan los campos. Una peculiar técnica constructiva carente de argamasa. El santuario, ubicado en una llanura, está formado por varios edificios en torno a una plaza. Cabe destacar el pavimento de la plaza, realizado con pequeños cantos rodados que forman dibujos. La ermita es una obra gótico-barroca, en la que destacan como elementos curiosos lápidas romanas, así como restos de columnas y capiteles incrustados en las aristas exteriores. Pertenecen a una construcción romana del siglo II, sobre la que se construyó la actual ermita.

El domingo se inicia con la visita a Cantavieja, situada en lo alto de un peñón rocoso y triangular. Desde la toma cristiana por Alfonso II su historia ha estado íntimamente ligada a las órdenes militares. Una calle sirve de acceso al recinto medieval. En ella se alza la oficina de turismo, en cuyas dependencias está el Museo de las Guerras Carlistas. A la largo de tres plantas ofrece paneles y material referente a las contiendas que sacudieron tanto esta comarca como buena parte de España, y se explican los acontecimientos políticos y militares acaecidos durante el siglo XIX. Avanzando por la calle, una bocacalle nos evoca los lugares más pintorescos y mejor conservados del casco urbano, con varios palacios. Se llega sin pérdida hasta la plaza del Cristo Rey.

Se trata de una singular y monumental plaza circundada por porches de arcos ojivales en tres de sus lados. Pertenecen a la iglesia, el ayuntamiento y la Casa de Román de Diego. El ayuntamiento luce en su fachada tres ventanales góticos con balcones de forja. En su interior se dispone un salón con un bello artesonado. Por debajo del mismo se accede a la plazuela del Portillo que ofrece un mirador con magnífica panorámica. La iglesia de la Asunción, obra barroca terminada en 1745, es la más grande de la diócesis de Teruel. La torre se alza sobre un arco atravesado por la calle principal. De planta octogonal en su parte alta, se remata con chapitel afilado rodeado de almenas. La calle avanza en dirección al antiguo castillo situado en el extremo del espolón rocoso, del cual no quedan restos. El solar es el actual calvario, y se puede observar a través de la puerta. Volviendo por la calle de San Miguel se pasa junto a la iglesia homónima, la más antigua de la localidad. Es una obra gótica mandada construir por Gonzalo de Funes en 1411, en cuyo interior se encuentra su propio sepulcro, magnífica obra de alabastro. La portada con arquivoltas ojivales se cubre por un atrio de tres arcos apuntados sobre columnas. El recorrido se completa hasta alcanzar la entrada del pueblo.

A catorce kilómetros se encuentra Mirambel, cuyo topónimo significa algo así como belleza admirable, y no es para menos. Conserva buena parte de su perímetro defensivo así como los portales. Dejando el vehículo en el aparcamiento de la carretera, se accede al interior por uno de ellos. Junto a un torreón circular se entra por el Portal de las Monjas. En su interior presenta una galería formada por tres niveles, la primera con balaustrada de madera y las dos superiores con ventanucos y celosías de diferentes formas. Pertenece a un convento cuya fundación data del siglo XVI. La calle mayor es amplia, jalonada de vistosas casas, portales dovelados, rejas de hierro forjado y no pocos aleros con labores artísticas. Dos ejemplos son la Casa de los Julianes y la Casa de Lasota. Al final de la calle se abre el portal del Estudio, que servía de acceso a las escuelas situadas a extramuros. Desde este portal una calle nos conduce a la plaza de la iglesia. Se trata de una plaza abierta con un mirador sobre la muralla. En ella se alojan la iglesia y el ayuntamiento. La iglesia de Santa Margarita, data de 1679, aunque tuvo que reconstruirse casi por completo tras el incendio provocado durante las guerras carlistas, en 1837, en el que sólo quedaron en pie los muros y la torre. Bajo el influjo barroco se levantó de nuevo. En cuanto a la torre de sillería, destaca la parte superior decorada una balaustrada y culminada por un cupulín. El ayuntamiento es un edificio de 1615 en cuya fachada luce escudo y bellos ventanales. En su parte se abre una lonja de arcos de medio punto.

Desde la plaza mediante unas escaleras se accede a la vega a través del portal de la Fuente. Junto a las huertas se puede acceder a la cercana ermita del Pilar. A sus pies se abre un gran pórtico sobre columnas octogonales que forma parte del acceso. Desde este punto la vista del pueblo amurallado con la vega a los pies es muy pintoresca. Volviendo de nuevo a la plaza, junto al ayuntamiento parte una calle que conduce a la plaza de Aliaga. En este lugar se alzan las dos mejores casas del pueblo, la Casa de Aliaga y la Casa de los Castellot. Ambos edificios tienen una tipología parecida, con fachadas de sillería, grandes ventanas, galería de arcos y remate con alero de madera. Desde la plaza se vuelve a la calle Mayor, completando un recorrido monumental básico. Sin embargo hay muchos más inmuebles que tienen muchas riquezas ocultas en su interior, los cuales muestran al exterior soberbias fachadas.

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EXCURSIONES Maestrazgo

Castellote, una villa templaria

Una de las puertas de acceso al Maestrazgo, Castellote, está íntimamente ligada a la Orden del Temple. Un castillo enriscado desde el cual se domina la población y un torreón templario reconvertido en centro de interpretación así lo manifiestan. Un paseo por sus calles empedradas se completa con el barranco del Llovedor que sorprende por sus verticales paredes rocosas por donde se desprende una cascada junto a la ermita del mismo nombre.
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Para alcanzar la villa de Castellote hay dos vías de acceso y ambas parten de la carretera N-232 que une Zaragoza y Castellón. Desde Híjar y pasando por Andorra, o desde Alcañiz atravesando Calanda, se alcanza Mas de las Matas. Desde esta localidad quedarán nueve kilómetros para alcanzar el destino. Este pintoresco pueblo se desparrama en la ladera dominada por su castillo. Fue plaza árabe hasta su reconquista por Alfonso II en el año 1168 pasando a pertenecer a la Orden del Santo Redentor. El pueblo estuvo bajo la Orden del Temple desde 1196 hasta 1307, constituyendo una importante encomienda templaria. En el castillo se refugiaron los templarios en 1308, debido a la persecución a que fueron sometidos por Jaime II tras la disolución de la orden. Entonces el pueblo pasó a manos de la Orden de San Juan en la que permaneció hasta 1769.

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Una vez atravesado un túnel surge de repente el casco urbano, con una plaza que sirve de epicentro de su actividad. Ascendiendo desde la plaza y paseando por la calle Losado que parte a la izquierda se pasa por rincones tan interesantes como la fuente medieval situada en un pórtico. Junto a la misma aparece el ayuntamiento. Se construyó sobre un arco de acceso al primitivo recinto, junto al cual se abre la lonja de seis arcos apuntados. Un poco más adelante la calle desemboca en una plaza presidida por la ermita de Nuestra Señora del Agua, cuya titular es la patrona de Castellote. Su fachada muestra una bella portada flanqueada por columnas salomónicas. Su torre es el único campanario del pueblo ya que la iglesia parroquial carece del mismo.

Otra de las peculiaridades de esta torre es que se apoya sobre otra torre, oculta tras un lienzo de sillería: el torreón templario. Su uso más reciente ha sido el de cárcel, con el cual lo identifican sus vecinos. Tras su restauración se puede descubrir su interior reconvertido en el Centro de Interpretación de la Orden del Temple. A lo largo de cinco plantas se cuenta la historia de esta orden religiosa y su relación con Castellote.
El paseo por la localidad avanza por la misma calle encontrando de nuevo rincones pintorescos, embellecidos por pavimento empedrado. Ya casi a las afueras se encuentra el lavadero. Un curioso espacio con una pila y una fuente que merece una visita. Volviendo por la misma calle, ésta se prolonga con la calle San Roque hasta llegar a una bella plaza que sirve de antesala a la iglesia de San Miguel. Se trata de una robusta construcción gótica con ventanales apuntados con tracerías. Durante la guerra civil se incendió el templo derrumbándose la cubierta primitiva que fue sustituida por la actual bóveda de medio cañón. Sobresalen sus dos portadas con arquivoltas apuntadas, una bellamente decorada y la otra cobijada por un atrio.

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La visita a la localidad se completa con la subida al castillo templario. Desde la parte alta de la iglesia parte una calle y después camino de herradura que lo alcanza en un cuarto de hora. A mitad del ascenso se llega a un collado, punto donde parte el camino al acueducto, que se visitará más tarde. Continuando por el camino se llega a la gran fortaleza de planta irregular en la punta de una gran cresta. Se levantó por los templarios, en piedra de sillar bien labrada. Posteriormente se modernizó y amplió durante la primera guerra carlista en 1837. Finalmente en 1840 fue desmantelado tras su ocupación por el general Espartero. Ocupa una longitud de 130 metros con una anchura inferior a 50 metros. El acceso principal, que anteriormente tuvo puente levadizo, se encuentra en la parte baja. La sucesión de espacios a diferentes niveles se culmina con la torre del Homenaje, situada al borde de la cresta rocosa. Las vistas desde esta posición estratégica son muy amplias, con el pueblo a los pies y la vega del río Guadalope y la presa de Santolea al fondo.

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Para completar esta pequeña excursión es necesario visitar el acueducto de las Lomas. Desde la parte trasera del castillo desciende un empinado sendero que hay que recorrer con precaución. En caso de no considerarlo apropiado es necesario volver hasta el collado antes citado y un sendero cómodo conducirá al mismo lugar. Fue construido para canalizar las aguas que abastecían a la villa. Está compuesto por once arcos adosados a la roca excepto el último de ellos, un arco de catorce metros de altura, más conocido como puente del Gigante. La vuelta se realiza atravesando este arco y rodeando el castillo hasta alcanzar el collado. De camino se disfruta de las vistas del espectacular barranco del Llovedor.

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Para la tarde se propone acercarse hasta la ermita del Llovedor. Está situada a escasa distancia de Castellote, pero es necesario coger el coche. Se atraviesa de nuevo el túnel y un poco más adelante parte la carretera que conduce a Seno. En la primera curva parte a mano izquierda un camino que se adentra en el barranco en el cual está la ermita del Llovedor. Se recomienda dejar el vehículo en la zona baja. A partir de este momento una pista cementada asciende flanqueada por cipreses. En una curva cerrada se alza un peirón, punto desde donde hay buenas vistas. Tras pasar junto a una caseta arranca el tramo final que alcanza la ermita construida bajo una gran pared de roca. El nombre de Llovedor procede de la fuente que genera una cascada, cuya agua se acumula en la pequeña balsa situada a sus pies. El edificio presenta portada de arco de medio punto sobre la cual aparece una ventana. A ambos lados el cuerpo central está flanqueado por dos torreones salientes, restaurado sólo uno de ellos a modo de pequeña torre.

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Para completar la visita a la localidad se propone la sede de Dinópolis con la que cuenta la localidad, que recibe el nombre de Bosque Pétreo. Se emplaza en pleno casco urbano, junto a las piscinas y la plaza de toros. Está dedicada a la Paleogeografía, es decir, el estudio de la evolución del planeta a través de las plantas y árboles. El tema tomado hace referencia al cercano yacimiento de El Barranquillo, donde aparecieron troncos fosilizados. En el centro expositivo se habla de la formación de los lignitos de Escucha, y se completa con fósiles vegetales tanto de la zona como de otros lugares.

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FINES DE SEMANA Maestrazgo

Miravete de la Sierra, un remanso de paz en el Maestrazgo

En la cabecera del río Guadalope se asientan dos bellos pueblos del Maestrazgo. Villarroya de los Pinares destaca por la arquitectura civil y religiosa que atesora. Miravete de la Sierra por su tranquilidad y su pintoresco conjunto urbano donde abundan rincones de gran belleza. Y junto al río Sollavientos se encuentra Allepuz, en una de las agrestes laderas del cañón formado por este río.
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En esta ocasión la propuesta recorre un rincón emplazado en la zona más occidental de la comarca del Maestrazgo. Una de las vías de acceso parte de la capital turolense atravesando la población de Cedrillas. Siguiendo el curso del joven río Guadalope se alcanza Miravete de la Sierra. Este pequeño pueblo se compone de tres barrios, en los cuales se muestra una arquitectura tradicional bien conservada, a lo que se añade el valor estético y artístico de algunos de sus rincones. Tras atravesar una cruz de término en el barrio del Arrabal, la calle principal deja a los pies del puente medieval. Esta obra de cantería del siglo XVI se ha convertido en uno de los símbolos de la población, ya que debido a su situación y belleza configura uno de los espacios más pintorescos. Mediante un arco de gran vuelo permite el tránsito entre ambas márgenes del río Guadalope. Al otro lado se abre la plaza mayor, ya en el barrio principal, con una fuente en su centro y el antiguo ayuntamiento con su lonja de dos arcos de medio punto en la parte baja.

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Junto al edificio parte una calle que conduce a la zona más elevada donde se emplazan dos rocas de formas singulares. Sobre ellas estuvo situado el castillo de origen musulmán del que apenas quedan restos. Subir a esta pequeña atalaya natural proporciona vistas excepcionales de la población situada a los pies, así como del valle del río Guadalope.

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Volviendo de nuevo a la plaza mayor, a escasa distancia se alcanza la fachada del actual ayuntamiento, junto a la plaza de la iglesia. Este es otro de los espacios más pintorescos y bellos de la población. Está delimitada por un porche formado por arcos rebajados, dispuesto en ángulo recto, que sirve de nexo entre el ayuntamiento y la iglesia parroquial. En cuanto a la iglesia de la Virgen de las Nieves es una fábrica gótico-renacentista que data del año 1574. Al interior se articula en torno a una nave cubierta con bóveda de crucería estrellada que se culmina con cabecera poligonal. A los pies se alza el coro elevado, que se apoya sobre un arco carpanel. A principios del siglo XIX se decoró toda la iglesia con estucos y pinturas barrocas. La torre se alza en cuatro cuerpos. Los tres primeros son de planta cuadrada, mientras que el superior y más importante es de planta octogonal.

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La calle continúa su trazado hasta conectar con el barrio de Las Regaderas o de San Cristóbal. Recibe al visitante la Casa Cavero, que data de los siglos XVII y XVIII. La calle que atraviesa el barrio abandona la población en dirección a la ermita de San Cristóbal, situada a unos diez minutos andando. Está fechada en el año 1779 y está compuesta por una nave bajo bóveda de medio cañón con lunetos. Volviendo al principio del barrio, parte una senda junto al linde de un campo que conduce al antiguo molino. La senda avanza entre campos para alcanzar el barrio del Arrabal una vez atravesado el cauce del río Guadalope. Se trata de un pequeño paseo que completa la visita a este encantador pueblo.

Para la tarde se propone la visita a la población de Villarroya de los Pinares. Su casco urbano se apiña en torno a la travesía que se convierte la calle mayor, donde se emplaza el edificio de la iglesia de la Asunción. Al exterior destaca una gran portada, con fecha de 1549. Poco después se completó con el pórtico que cubre la fachada. Se abre al frente mediante tres grandes arcos, y uno más por donde se accede mediante unas escaleras. A la derecha discurre una calle que en ligero ascenso alcanza una de las colinas que rodean el casco urbano. Allí se encuentra uno de los iconos de la población. Se trata de un torreón de planta rectangular. Se alza en cuatro cuerpos en los cuales se abren arcos dobles y vanos de medio punto, coronándose con almenas.

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De nuevo en la travesía, también destacan algunos edificios interesantes como la antigua cárcel. Casi enfrente una calle conduce a una plazoleta. En ella y en las calles adyacentes está el sector más rico en arquitectura civil de la población. Abundan las portadas doveladas y vanos decorados, algunos de ellos conopiales. Desde la plaza una calle conduce al ayuntamiento. En su parte baja cuenta con una lonja que se conecta dos espacios atravesando el edificio por su parte inferior.

La fachada se abre a una bella plaza flanqueada por la ribera del río Guadalope, que conforma uno de los espacios más interesantes de la población. Al final de la plaza aparecen dos edificios civiles, ambos enfrentados. Uno de ellos es la Casa Peña, de estilo barroco. Realzan su fachada los vanos encuadrados en sillería y la portada coronada con frontón partido. Frente a ella otra vivienda, que destaca por la alternancia de piedra caliza y de rodeno en las dovelas de sus dos portadas de arco de medio punto.

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Tomando el vehículo, a la salida de la población en dirección a Fortanete se emplaza la ermita de Nuestra Señora de Loreto. Su estructura es común a muchas ermitas de estas tierras turolenses. Construida en el siglo XVII, sobresale por el atrio sustentado por columnas toscanas sobre las cuales discurre el alero de madera decorado. Sobre la cubierta destaca el volumen del crucero, decorado con tejas vidriadas.

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Para el domingo se abandona el valle del río Guadalope para visitar la cercana población de Allepuz. Su casco urbano se asienta a 1474 metros de altitud, sobre una ladera con gran desnivel del cañón formado por el río Sollavientos, ofreciendo al visitante una estampa muy pintoresca. En la zona central se encuentra la plaza mayor con un mirador que ofrece excelentes vistas del entorno de Allepuz. La iglesia de la Purificación es un edificio de grandes dimensiones erigido bajo el influjo barroco en el siglo XVIII. A la plaza se abre la portada, de grandes dimensiones y encuadrada en gran arco de medio punto. La torre, de planta cuadrada de sillería, se corona con un pequeño cuerpo octogonal. Sobre la sobria fábrica de la iglesia sobresale el cimborrio, de cuerpo octogonal de ladrillo y tejas vidriadas.

Un paseo por las calles del entorno muestra una arquitectura rústica, con muchas casas encaladas. En una calle más elevada aparece un ensanche a modo de plaza donde se encuentra el ayuntamiento. Es un edificio de dos plantas, con una lonja de dos arcos de medio punto sobre columna central. Ascendiendo ligeramente se toma una calle que conduce a la Casa Grande. Se trata de un voluminoso edificio rehabilitado como hospedería. En sus muros de cuatro alturas se abren vanos rectangulares encuadrados en sillería, y sobresale en una esquina superior una lonja de cuatro arcos sobre columnas cilíndricas. Volviendo a la carretera que discurre por la parte baja de la población, en ella sorprende la ermita de Nuestra Señora de Loreto.

Se trata de una fábrica del siglo XVII, construida a base de mampostería y cantería. A los pies se abre un atrio, con cuatro columnas en cada lado, y también cuatro al frente. En su interior, protegido por muros a media altura, aparecen bancos, así como un vano enrejado que comunica con el interior de la ermita.

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Para completar la propuesta del fin de semana, tanto por la mañana como por la tarde, una opción recomendable es recorrer el Valle de Sollavientos. Desde Allepuz y en dirección a Villarroya de los Pinares, la carretera continúa surcando la parte alta del cañón calizo donde se asienta la población, bajo formaciones rocosas imponentes. Se llega al puerto de Sollavientos, a 1507 metros de altura. En este punto parte una carretera que conduce a Valdelinares, y la cual recorre la parte alta del río Sollavientos. El paisaje, mucho menos agreste, sorprende por la vegetación de ribera que acompaña al pequeño cauce de aguas cristalinas, rodeado de prados y campos. El recorrido de unos cinco kilómetros muestra un territorio de alta montaña que rodea este valle de gran belleza, donde no faltan las mases, asentamientos humanos que colonizan este territorio tan duro. Al final se alcanza la ermita de Santa Isabel de Sollavientos, ligeramente desplazada de la carretera. Se trata de la antigua parroquial de un pueblo desaparecido.

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