En plena comarca del Bajo Aragón se encuentra Calanda. Esta localidad es conocida por muchas cosas: su melocotón, los tambores de su rompida de la hora, el afamado milagro y cómo no por su vecino más ilustre, el cineasta calandino Luis Buñuel. Pero son muchos más los diversos atractivos con los que cuenta esta población bajo aragonesa tanto en su casco urbano como en el término municipal que bien merecen una visita.

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La carretera de Castellón sirve de aproximación a las tierras del Bajo Aragón. En las cercanías de Alcañiz parte la carretera nacional que conduce en poco más de quince kilómetros a Calanda. Se asienta en una zona llana, en las cercanías de la confluencia de los ríos Guadalopillo y Guadalope. Sus orígenes se remontan al poblado celtibérico de Colenda. El núcleo actual nace con el asentamiento de sus primeros pobladores en las laderas de la colina donde estaba el castillo musulmán. En 1169 pasa a manos cristianas con Alfonso II de Aragón.

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icono exclamación amarillo_La visita comienza en la oficina de turismo situada en el CBC, Centro Buñuel Calanda. En plena calle mayor se emplaza la casa Fortán-Cascajares, un edificio renacentista que cobija este centro museístico de primer orden dedicado al genial cineasta aragonés Luis Buñuel. El acceso se realiza por la parte trasera, atravesando una plaza ajardinada donde destaca el busto del ilustre aragonés. En la planta baja se encuentra la recepción y una gran sala empleada para exposiciones temporales. En la primera planta se desarrolla la exposición permanente, en la cual mediante el empleo de nuevas tecnologías, se muestra su vida a través del cine y su universo particular. Uno de los espacios muestra una biografía completa mediante la proyección de las doce páginas de su vida. El siguiente espacio es lo más llamativo del museo, en la que se muestran los mundos de Buñuel, donde el surrealismo sorprende al visitante transportando a sus obsesiones y fragmentos de películas a través de la literatura. Otras cuatro pequeñas salas sirven para profundizar en sus más de treinta películas.

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Avanzando por la calle mayor, salpicada de casas nobiliarias, se alcanza la plaza de España. Calanda es casi mundialmente conocida por ser una de las localidades donde la Semana Santa muestra una de las estampas más tradicionales. La rompida de la hora, a mediodía del Viernes Santo, tiene lugar en esta plaza. En ese momento comienza el ensordecedor sonido de los tambores tocados por vecinos con sus túnicas moradas, uniforme característico de la villa. La primera procesión religiosa de Semana Santa se remonta a finales del siglo XVI mientras que el comienzo del uso de los tambores hay que situarlo a finales del siglo XVIII. En la plaza se levantan la iglesia parroquial y el ayuntamiento. La iglesia de la Esperanza es una fábrica barroca llevada a cabo en el siglo XVIII. Al exterior carece de torre, la cual se suple con una espadaña sencilla. El ayuntamiento cuenta con tres plantas, la primera de ellas se realizó en piedra de sillar. En un costado del edificio destacan los singulares frescos de Francisco Cascajares, pintados en 1704. Se trata de un hijo de la villa, que llegó a ser consejero de Castilla a mitad del siglo XVIII.

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Cerca de la plaza están los restos del castillo, origen de la población. Junto a los muros que delimitan el recinto defensivo se encuentra el templo del Pilar. Se trata de un edificio barroco. Cuenta con tres naves y sobre el crucero se levanta cúpula sobre lunetos. A los pies se levanta la torre, compuesta por tres cuerpos de ladrillo que se remata con un esbelto chapitel. Adosado a su fachada está la antigua casa del capellán, la cual alberga el museo Miguel Pellicer, protagonista del afamado milagro de Calanda. Miguel Juan Pellicer era natural de la villa. En el año 1637, mientras estaba trabajando en Castellón, sufrió un accidente y fue trasladado a Valencia y después a Zaragoza. En el hospital de Nuestra Señora de Gracia finalmente le tuvieron que cortar la pierna. Se estuvo recuperando durante dos años y medio en Zaragoza, viviendo de limosna ante el Templo del Pilar, mientras se curaba con aceite de la lámpara de la virgen. Se trasladó a su pueblo y en la noche del 29 de marzo de 1640 sus padres se dieron cuenta que tenía dos piernas mientras dormía. La virgen le había restituido la misma pierna que le habían cortado hace dos años en Zaragoza y sólo tardó tres días en alcanzar la movilidad total de la pierna.

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Si todavía resta tiempo por la mañana es posible la visita de la nevera de la localidad. Tomando prestadas las llaves en la oficina de turismo podrá visitarse esta curiosa instalación subterránea. Aparte del espacio circular central cubierto por bóveda de aproximación de hiladas, se abren cuatro galerías que amplían de manera notable la capacidad de albergar nieve, posteriormente convertida en hielo gracias a su compactación. Éste servía para enfriar alimentos y bebidas, así como para fines terapéuticos.exc13_nevera

Para la tarde se propone la visita a varios puntos de interés de su término municipal. En primer lugar el acueducto de los Arcos, cuyo acceso parte de la calle que pasa junto a la puerta del calvario, en pleno casco urbano. Ya fuera de la localidad es necesario tomar el ramal izquierdo en el primer cruce, y la derecha en el siguiente. El camino desciende en su tramo final alcanzando el parque fluvial que acompaña al acueducto. Se alza por cinco arcos de medio punto que alcanzan quince metros de altura en su punto más alto sobre el río Guadalopillo. Sirvió para la traída de aguas desde el río Guadalope hasta la localidad.

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Y para completar la jornada se propone visitar el convento del Desierto. Para ello es necesario abandonar Calanda por la carretera que conduce a Mas de las Matas, y poco después tomar dirección a Torrevelilla. En el punto kilométrico 2,5 de esta carretera secundaria aparece una curva pronunciada donde surgen dos pistas a mano derecha. Debe tomarse la segunda de ellas que conduce hasta este convento abandonado tras recorrer poco más de cinco kilómetros. Tomando siempre su trazado principal, a pesar del buen número de cruces, es fácil alcanzar el lugar prescindiendo de recorrer el tramo final una vez alcanzada una curva cerrada debido a la acusada pendiente. Llegó a albergar a cuarenta religiosos de la Orden de los Carmelitas Descalzos. En la actualidad está abandonado y sorprende encontrar un edificio de estas dimensiones en medio del monte. Atravesando la monumental fachada, flanqueada en uno de sus costados por una gran espadaña, se puede acceder con precaución al interior de su gran iglesia barroca. Y también al claustro, cuyas galerías carecen ya de cubiertas, pero que permiten imaginar cómo fueron. El resto de las instalaciones están en estado más avanzado de ruina. El conjunto se rodea de entorno natural de gran belleza salpicado de bloques de conglomerado de grandes dimensiones y pequeños bosques mediterráneos.

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